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Pregón Manuel Vega Peña. 2014

Muchas gracias Juan Jesus, por tus Palabras, se ve que has tenido buenos informadores jajaja sinceramente gracias.
 
Padre, autoridades, hermanos cofrades, hermanos todos:
 
Como  no podía ser de otra manera, he de agradeceros la oportunidad de pregonar nuestra semana Santa, en primer lugar he de dar gracias a los hermanos cofrades, que me ofrecisteis una oportunidad que no puede ni debe ser rechazada, también he de dar las gracias a mi mujer y a mi hijo, ellos son la razón de todo, el motor y el combustible y como no podía ser de otra manera a mi familia, en especial a mis padres, la mayoría de los valores que puedan ser buenos en mí, los plantaron y cuidaron ellos. Desde aquí arriba Gracias.
 
Un recuerdo muy especial para alguien que ya se fue, pero que siempre estará, mi suegra Carmelina.
 
Bueno y gracias a todos los presentes por venir hoy aquí hoy a escuchar mi pregón, a caminar conmigo, espero estar a la altura de la ocasión.
 
Bueno, pues aquí me veis, de pie y todo el mundo sentado, intentaré desnudar mi alma para lo bueno y lo malo y compartidla con todos vosotros.
 
Antes de nada quiero que me conozcáis un poco y me comprendáis, lo mismo de esa forma mis palabras tienen un poco más de sentido.
 
Soy un pecador, realmente no puedo empezar de otra manera. Siempre me he considerado buen cristiano y buena persona, pero entre todos mis pecados, hoy, hay uno del que quiero haceros pública confesión, el pecado de mi propia soberbia e hipocresía, me explico. Cuando Loli me llamo para ofrecerme el lugar que estos momentos ocupo, me conmovió, me pareció que conllevaba una gran responsabilidad y que sería para mi algo muy especial. El pecado siempre viene después, en ocasiones la soberbia y el orgullo se confunde, se mezcla. Uno puede llegar a caer en la trampa, y yo lo hice, de que el estar aquí de pie, confiere un cierto estatus de superioridad moral, ser más bueno o mejor cristiano, tener mucho más que enseñar a mis hermanos que aprender de ellos. Espero que podáis perdonarme este pecado que os afecta a todos y tantos otros que llevo en una bolsa y que solo vacía la confesión y la propia meditación y oración. 
 
Uff, bueno, Gracias, me siento un poquito más limpio, quizás ahora pueda expresarme mejor.
 
Estar aquí de pie, preparado para pregonar con mi voz la Santa Semana que vivió nuestro Señor es un regalo que antes de nada quisiera explicar, un amigo, que anda por ahí,  siempre me dice que yo seré muy bueno con los ordenadores pero que la literatura… jajaja intentaré ordenar mis ideas.
 
Cuando te enfrentas al pregón en blanco, al menos por mi parte, realizas una gran tarea de reflexión, los cristianos renovamos nuestra fe cada semana en la comunión, pero en ocasiones no vemos más allá, y hablo de mí, el pecador que hoy está más alto en esta iglesia. Nuestro compromiso cristiano en ocasiones se encalla en una serie de buenas obras, pre estipuladas, cotidianas. Un rezo, una visita, una confesión, la comunión, otro rezo, una buena acción… las variantes aquí son infinitas, como las personas. Pero… ¿qué me pide Dios a mí? , pobre pecador, en buena te has metido. 
 
Como decía. Luchando contra un montón de folios en blanco aún por escribir veía que me falta comprensión, y si no comprendo a mi hermano, como vive la fe, como se llena de la redención de Cristo Nuestro Señor, mi fe es más pobre de lo que yo creía, porque sino no puedo entenderle ¿cómo puedo llegar a él para así compartir su fe?
 
Jesús nos enseña el camino. Amaros como hermanos. Nos enseñó a perdonar, a escuchar al Señor, a ver más allá de nuestros actos. Nos enseñó que la iglesia, nuestra fe, no es una reunión de hombres y mujeres perfectos, sino de pecadores, de personas que en nuestro camino caemos de rodillas cuando nos equivocamos, hacemos daño o agraviamos y como cristianos tenemos que aprender a rectificar, a pedir perdón y a perdonar a los demás y a nosotros mismos, a mirar al señor a los ojos para volvernos a levantar y seguir su camino.
 
Hace ya casi dos milenios que Jesús fue crucificado, que tras su pasión, muerte y resurrección está sentado a la derecha del padre. Nosotros, comenzaremos a rememorar su sufrimiento y posterior resurrección con esta Semana Santa y esperemos que la fe que confluye en estos actos y que proviene de todos nosotros hermanos, nos acerquen un poco más al amor de Dios. 
 
Mi infancia ha estado siempre muy ligada a la iglesia, además de ser monaguillo desde muy joven, hacer la confirmación, dar catequesis e ir al seminario menor. Llevo desde que era pequeño viviendo esta semana como algo muy especial. Recuerdo mi infancia, en la hermandad del Cristo Resucitado en Villamartín, el pueblo que me vio nacer. Después de que la procesión del Jueves Santo abandonara el templo empezábamos nosotros, tres días para celebrar que Cristo ha resucitado, y había que estar a la altura. La Virgen de las Virtudes, manto azul con bordados de estrellas de oro. Los respiraderos de pan de plata, recomprados a una hermandad sevillana con más economía que la nuestra y muchas flores, claveles blancos y preciosos cirios decorados. 
 
Yo siempre he sido un poco Mariano, supongo porque mi padre también lo es, por lo que casi todos mis recuerdos giran en torno a la virgen. Jesús siempre iba sencillo y majestuoso, claveles rojos, yedra fresca creando un manto bajo sus pies, una preciosa talla, que señala al Padre, con el que se reencontrará tras su resurrección. 
 
El domingo empezaba temprano, casi no había salido el sol y el pueblo ya estaba de fiesta. Cohetes silban y estallan, y las bandas de música, van subiendo tocando a la parroquia, cuando era pequeño creo recordar que venían los legionarios de Ronda, la banda de Arahal y la Banda de Villamartín, depende de la economía claro, en ocasiones solo una, en otras dos, en años de bonanza llegaron a ser las tres.
 
Recuerdo cuando pequeño que no teníamos ni ropas de penitentes, salíamos procesionando con nuestra ropa de domingo, no se me puede olvidar helado de frio a la salida, bien tempranito, y arto de caló cuando el camino iba llegando a su fin ya a la hora de comer. Mi madre era la del avituallamiento, zumo, agua, caramelos, un bocadillo, un dulce, algunas chuches, mi mente en desarrollo no podía concebir día de celebración más grande que aquel día de la Resurrección de  Nuestro Señor. En mi cabeza siempre está la melodía de ‘Pasan los campanilleros’ tocada por la Banda de Música de Arahal, Sevilla. Sus connotaciones son de júbilo, de alegría, felicidad, calor, buen día, cielo despejado y amor.
 
El poder evangelizador de la Semana Santa, de la música, que liga mis momentos felices a esta melodía, y con ella a la resurrección de Nuestro Señor.
 
Es curioso como mis dos pueblos, separados por más de 200 Km tienen tanto en común, y no es porque los dos estén llenos de cuestas, que también, somos nosotros los ciudadanos, los cristianos, los pecadores los que nos parecemos tanto.
 
Creo que yo, personalmente no soy ni joven ni mayor, tengo mis añitos pero espero que me queden muchos más, pero de los años que llevo en este mundo, estas semanas he vuelto la vista mucho atrás y la verdades que me asaltan las dudas. No sé si  cada Semana Santa llega y la veo pasar, la admiro, me sumerjo en su melodía, en su rezo, en su música, la traición, en la pasión, en la inevitable muerte y la esperada resurrección, pero una vez que pasa ¿Qué sucede? ¿Qué cambia en mí, en mi vida, en mis actos? ¿Se superpone mi ocio a mi fe? Otra vez está aquí este pecador buscando su camino.
 
Pasan los años y soy testigo una y otra vez de la misma historia, los mismos protagonistas, las mismas tallas porteadas por casi las mismas gentes, las mismas música o muy parecidas y si sigo diciendo esto es porque mirando dentro de mi corazón, en algunas partes encontraba esto, indiferencia, falta de ilusión y porque no decirlo, de fe.
 
Uff…  Ya lo he hecho y lo vuelvo a hacer, aunque también prometo que no será la última vez, Gracias por hacerme subir a este atril, ha sido un toque de atención a mi propia fe, a mis hábitos y mis modos, me habéis dado la obligación de mirar bien dentro de mí y así dejar entrar la luz donde hace tiempo que no entraba más que oscuridad os lo agradezco de todo corazón.
 
No sé qué contaros que no sepáis vosotros mismos de nuestra Semana Santa, yo soy prácticamente un novato en ella, y no tengo la experiencia ni los recursos para llenarla de las explicaciones y florituras que se merece.
 
Le he dado muchas vueltas a esto y… siendo consciente de mi falta de comprensión de la que antes hacía mención y escuchando a mi buen amigo ‘Paco el Pericha’ hablar con el pecho henchido de la Virgen de la Trinidad de Málaga, se me pasó por la cabeza, tuve la que pensé que sería una buena idea, que mi pregón estaría dedicado a todos vosotros, no está mal ¿no? entendedme, me explico.
 
Hay muchas maneras de sentir y vivir la Semana Santa, quiero intentar comprenderos un poco mejor a través de vuestra fe, vuestra manera de respirar esta Semana, aquí, en voz alta. Quisiera nutrirme de vuestra fe y a la vez compartir mis reflexiones con todos y así los que hoy me escucháis, llevéis con vosotros al menos algo de esta reflexión y todos crezcamos un poco con el pregón de este pecador.
 
La fe, concretamente en torno a la Semana Santa, hay muchas formas de vivirla, de sentirla, de llenarse del amor de Dios. Unos lo hacen tras un instrumento de música, otros bajo un paso, otros tras un capirote, o detrás de un trono. Los hay que hacen sus promesas, sus peticiones, descalzos, en silencio, y todos hacemos lo mismo, lo buscan a Él, y Él se quiere dejar encontrar y nos espera con los brazos abiertos. 
 
¡Que agradecido estoy a la vida, a mis circunstancias, a mi familia!, por haber nacido y crecido en esta fe tan bonita que es el amor y el perdón de Dios.
 
Primera estación, los hermanos cofrades.
 
Meditando sobre mis hermanos, se me viene a la cabeza las abejas y quizás tenga mi cabeza algo de razón.
 
Como todo en la vida hay de muchos tipos, pero generalicemos.
 
Hay mucho trabajo, pero mucho trabajo detrás de una hermandad o cofradía. Durante el año su trabajo suele ser un poco más silencioso, la borriquita hace el Belén, o todas colaboran en la barra de la feria para ayudar a la iglesia. Participan de su fe, comulgan con nosotros, pero ellas y ellos son abejas y están trabajando para darnos lo mejor de sí mismas, su miel, esta Semana Santa.
 
La labor del cofrade es puramente evangelizadora, su empeño y esfuerzo radica en llevar a la calle, al Santo de su Devoción, nunca mejor dicho. Lo visten, lo engalanan y lo adornan con flores. Pasean por nuestras calles y antes de eso, llaman a nuestras puertas, no piden para sí, piden para todos, para que la pasión, muerte y resurrección de Jesús tome vida año tras año en Cómpeta y nos conmueva por dentro.
 
La Semana Santa que vamos a disfrutar por nuestras calles es el fruto de este trabajo. Su fe se nutre de la de los demás, y cuanto mejor hacen su labor, más nos llega el mensaje de nuestro señor, y más crece por tanto satisfacción y fe.
 
Podríamos decir algo así como ‘Pon un Cofrade en tu vida’ Te hará sentir y vivir esta semana gloriosa de una forma muy especial.
 
 
Segunda estación, tocando en la banda.
 
Si os pregunto uno por uno cuando comienza la Semana Santa, olvidando por supuesto el sentido literal de semana, algunos me diréis que ayer, Viernes de Dolores, con los tronillos, supongo que otros mirarán más a lo lejos y pensarán en el principio de la cuaresma que se inicia con el miércoles de ceniza…y… yo creo que siento el gusanillo de la semana santa, cuando paseo en Villamartín por la alameda, o aquí en Cómpeta vengo de la piscina o voy subiendo por la Avd. de la Constitución y escucho como la melodía de la Celebración viene a mí, la Banda está ensayando, hace rasquilla y supongo que los músicos de clarinete, flauta, saxo y demás tienes las manos heladas, los del bombo en cambio están a tono, esos no saben lo que es el frio XD.
 
La música es parte esencial de nuestra Semana Santa, la melodía nos evoca a tiempos en los que no vivimos, y nos ayudan a acompañar a Jesús en su camino.
 
Los músicos viven esta semana de forma distinta, su fe y su ocio van de la mano, pues ni pueden tocar sin fe, ni solo la fe les hace tocar, sino también su amor por la música.
 
Semana de nervios, de afinados de última hora, de trajes planchados y  de viajecillos para tocar en más de un lugar.
El músico vive su fe a espaldas de los santos, marcando el paso de todos, los penitentes, los cargadores y de ellos mismos.
 
La música cesa, otra virtud de la música es que acentúa los momentos de silencio y en el silencio, el que reina es el amor de Dios.
 
Tercera estación, los penitentes.
 
Una vela, una vara, el incensario o quizás un estandarte, esos son sus compañeros de vigilia. Con la cara oculta y los capirotes buscando el cielo, son una de los iconos de la Semana Santa. Los capirotes en sí mismos son una penitencia, un incómodo invitado que dice la historia busca confraternizar a los que lo llevan con el dolor y padecer de Jesús.
 
Su camino es silencioso y normalmente anónimo, va dejando un camino de cera por donde llevan preso al señor o por donde lo muestran crucificado, un camino de lágrimas de una madre que no puede hallar consuelo, no hasta el domingo de resurrección.
 
El penitente quiere ser uno más, y mira al señor silencioso, sin grandes efusiones, con la cara tapada y todo un corazón para darle.
 
Cuarta estación, los cargadores
 
Nunca he entendido bien a los cargadores, de todos los que viven la fe de una forma más protagonista en Semana Santa, suelen ser los más anónimos en el tiempo ordinario, quizás pensaba esto y poco más porque nunca me había parado a escuchar a ninguno de verdad.
 
Un cargador puede ser más practicante o menos, pero el Señor sabe hacerlos llegar hasta Él. Los unge, los toca con el dedo y ellos sienten el mayor fervor, la mayor devoción y gozo al portar sobre sus hombros al Señor y a la Virgen.
 
No pueden evitarlo, pueden estar lesionados, cansados o cualquier cosa, que un buen cargador no cede su sitio, porque hacerlo es dar su vida, porque en ese gesto se sustenta los pilares de su fe. ¿y quien soy yo pobre pecador para juzgarlo? Mejor escucho y abro el corazón, pues en boca de personas que no suelen visitar este templo, escucha unas palabras del amor más sincero a Dios, que los que gastamos más suela de nuestros zapatos en este salón.
 
Al toque, izquierda adelante, derecha atrás. Dios me diera tal devoción
 
Quinta estación, acompañando a la procesión.
 
Seguro que aquí presentes hay muchos, que por una razón u otra acompañáis a la Virgen o al Señor. No necesitáis ser hermanos, ni vestimenta ni nada que os señale, solo salís y tras los tronos acompañáis a vuestro Santo. Algunos bajo promesa de silencio, otros descalzos y algunos hasta en familia, recorréis las calles del pueblo acompañando en su dolor, en su agonía a la madre o al hijo. Vuestra fe es fuerte y se hace grande justo a la de los demás, que bonito es ver pasar un Santo, pero como se te enmudece el alma, cuando ves un número, en ocasiones difícil de contar, de personas caminando tras él.
 
Sexta estación, una semana de espiritualidad.
 
La Semana Santa no son solo tronos y procesiones, clarines y toques de cornetas. El fundamento, el origen de todo, el sentido de esta semana está en las escrituras, en el nuevo Testamento, en la pasión, muerte y resurrección de Jesús.
 
Hay hermanos entre nosotros que dedican esta Santa semana a acercarse más al Señor por medio de la oración, no buscan a Dios en las calles, sino en el templo. Oran al alba y en la madrugada y encuentran la mayor de las alegrías cuando el señor resucita. Su júbilo no tiene comparación, pues el señor ha resucitado y todos hemos de dar gracias a Dios y compartir con Él este momento divino y que es el pilar más valioso y fuerte de nuestra fe. Sin la resurrección de Cristo, solo seríamos pecadores sin esperanza, tendríamos cerradas las puertas a la casa del Señor.
 
Que el Señor os ilumine hermanos y amigos en vuestro camino, vuestro amor a Dios y su palabra son un ejemplo de crecer y vivir en Cristo.
 
Sétima estación, los turistas
 
Nacional o extranjero, recorren nuestras calles con las cámaras al hombro o al cuello, son nuestros turistas. Viven la Semana Santa con gran solemnidad y dan mayor importancia a muchos detalles que para nosotros han pasado a ser cotidianos, o al menos habituales.
 
Sus gestos, su mirada escudriñándolo todo, o las curiosas preguntas que los abanderan nos hacen en ocasiones reflexionar sobre nuestros propios hábitos y costumbres.
 
En ellos se mezcla la devoción, la fe y el respeto, y el resultado de esa mezcla es solemne, mirada cabizbaja o mirando al cielo, por las calles de Cómpeta van paseando al Señor nuestro Dios.
 
Octava estación, los hombres de Cómpeta.
 
Es Viernes santo y aún no amanece, los hombres se van congregando en la puerta de la parroquia, en breves momentos dará comienzo el Vía Crucis. Al alba, las voces de cientos, que son solo uno, rompen el silencio, en las paredes se marcan las paradas y aunque no se hable de ello, hay mujeres que observan detrás de alguna cortina o alguna ventana. La tradición se hace fuerte y hace mella en todos los hombres, y por esta brecha entra el Señor en el corazón de todos, devotos o no. Porque Dios nos une, y como ya dije antes, con la llegada del sol, tan solo somos uno que camina al encuentro del Señor.
 
 
 
Novena estación, las mujeres
 
La noche es bien cerrada y ahora es turno de las mujeres, ellas serán las compañeras de la Virgen de la Soledad en su amargo camino. Las calles del recorrido quedarán a oscuras, y será el reflejo de las llamas de los cirios la que deje entrever los rasgos de todas las mujeres de Cómpeta que acompañan a la Virgen en su Dolor.
 
La tradición manda que a la Virgen la portean hombres casados, no pueden permitirse olvidar su cometido. El Señor ha muerto, y ¡el vacío es tan grande!
 
Decima estación, el sacerdote.
 
Creo que hasta hace unos días no me había planteado lo que es la Semana Santa para un sacerdote. Por un momento me aventuro a pensar que debe ser uno de los momentos más señalados en su fe durante el año, pero por otra, el disfrute o vivencia de su fe, está ligada a la de todo su rebaño. Tiene que ordenarnos, guiarnos, ponernos límites y llegar a nosotros por medio de las palabras, cuando lo que reina o más reluce durante la Semana es lo visual.
 
Creo que para un sacerdote, la Semana Santa es la mejor ocasión para mostrar la grandeza del Señor, capaz de sacrificar a un hijo por nosotros, un hijo capaz de dar su vida, por voluntad propia, por cada uno de nosotros, el triunfo del amor, de la esperanza, el júbilo de la resurrección. Mi Párroco de Villamartín, Don Jose Manuel, después de Semana Santa siempre se iba de retiro espiritual, no sabré nunca si era para dar gracias o para pedir perdón, o un poquito de las dos, en ocasiones somos unas ovejas un poco díscolas y podemos con la paciencia de cualquiera.
 
Gracias Señor por posar tu luz en estos hombres, que con la dedicación de sus vidas nos muestran a todos tu camino de amor.
 
Undécima estación, los Quintos.
 
Ya no son niños ni niñas, se nos hicieron mayores, el alcalde se los recuerda en el Salón de plenos, y voluntariamente, ellos prestan sus hombros para llevar a la Virgen de los Dolores, es Domingo de Resurrección, y la alegría puede palparse.
 
Para muchos será la primera vez en tener un contacto tan cercano con Dios, para algunos quizás sea la última, pero en el corazón de todos quedará grabado el momento, al son de la música, portando a Cristo nuestro Señor.
 
Duodécima estación, los enfermos.
 
Postrados en las camas, en un sillón o con suerte en una silla cerca de una ventana, hay vecinos nuestros que viven desde casa la Semana Santa. Sienten que se aproxima el Santo por la música de la banda, después son las campanas, lo ultimo el paso pesado de los cargadores y muchos pasos detrás.
 
Rezán al señor en silencio, a solas, en un pequeño altar en casa con algunas velas y algún Santo. Su fe es más fuerte que su enfermedad y siguen las celebraciones litúrgicas y procesiones por la televisión. 
 
La fe los llena y el amor de Dios los embriaga y abriga sus corazones.
 
En nuestra sabida indiferencia se haya un cierto olvido por estas personas, vivamos estos momentos de nuestra vida y de nuestra fe, hagámoslo por nosotros mismos y por los que no gozan de tal privilegio.
 
Si tenemos ocasión, compartamos con nuestros enfermos nuestra fe, ellos os lo agradecerán.
 
Décimo tercera estación, los trabajadores
 
La suerte de todos no es igual, y hay algunos que durante la Semana Santa les toca trabajar más de lo normal. Viven de la Semana Santa pero no por ello son paganos, recuerdan en su fuero interno momentos vividos en años anteriores, rezando, acompañando un santo y llevándolo a cuestas. Su forma de vivir la Semana Santa es más vertiginosa, y en ocasiones, cuesta trabajo encontrar momentos para hablar con el Señor, para llegar a él.
 
Nuestros hermanos que trabajan nos dan un servicio, ya sea desde un bar, o una farmacia, desde las urgencias del centro de salud o el turno de policía local. Su experiencia está ligada a la de los demás, y ellos viven de nuestra fe, pues ya nos dijo Jesús, ‘id y proclamad el evangelio’ su palabra cobra vida en nuestra forma de vivir la fe y compartirla y estos hermanos nuestros viven su fe a través de nosotros.
 
Proclamemos la palabra del Señor, compartamos sin vergüenza la buena nueva que ha de venir.
 
Décimo cuarta estación, los niños
 
En los niños se encuentra la verdad, la sencillez, la honradez. Los niños viven la Semana Santa con una perspectiva distinta, sus padres normalmente les hacen vestirse más arreglados de lo normal y salen en familia para ver al Señor. 
 
Su fe aún está fraguándose, madurando y su mayor deleite es hacer la bola de cera más grande posible, después pasa el señor y todo es silencio, y cuando pasa la virgen una niña le dice a su padre, Papa, ¿Por qué llora la Virgen? Porque Jesús, que era su hijo a muerto.
 
¿Pero Papa se pondrá contenta? Claro hija, porque Jesús resucitará.
 
Decimoquinta estación. Y El señor resucitó.
 
Podríamos estar aquí horas, pensando en las distintas maneras de vivir la fe en Semana Santa, pues el señor toca de maneras muy diversas el corazón de sus hijos, y nos hace a cada uno único, ante Él y ante el resto de los hombres.
 
Supongo que precisaré de toda una vida para conocer y aceptar a cada uno de mis hermanos, vosotros, los aquí presentes, comprenderos y amaros tal y como sois.
 
El Señor nos guie a mí, y a cada uno de vosotros, mis hermanos, hasta el milagro de su resurrección y renovados por el gozo de compartir con él nuestra fe, hallemos el camino que nos lleve a su redención.
 
Espero que cada uno de vosotros, al igual que yo mismo, haya conseguido, al menos un poco, comprender un poco más a la persona que tiene delante, o detrás, o a su vecino, o sencillamente a cada uno de sus hermano.
 
Solo puedo pediros disculpas porque aunque mi trabajo no ha sido sencillo, aún queda mucho por mi parte que hacer, mucho por amar y comprender.
 
Y un último toque de atención, por todos nosotros, mis hermanos pecadores, mereció la pena el sacrificio de Jesús que ahora rememoramos, hagamos todos que nuestra vida sea digna de tan inmensurable muestra de amor.
 
No tengo palabras para expresar lo que ha significado esta noche para mí.
 
Gracias a todos por haber venido a escuchar este pregón.
 
Gracias a Pili por tu paciencia y a ti bonita por tu compañía y ayuda en esta tarea que hemos tenido entre manos.
 
Ahora unos deberes de parte del Pregonero.
 
Vivamos todos abiertos al amor de Dios esta Semana Santa, vivámosla como cristianos y demos fuera de este templo testimonio de ello. Llevemos con nosotros el evangelio allá donde vayamos y prediquemos con nuestro ejemplo, pues no importa que los nuevos tiempos y las modas nos quieran vender otros caminos que nos alejan del Señor. Nosotros, los cristianos, sólo somos pecadores, y despojándonos de todo lo material, seguimos siendo ricos por el amor de Dios.
 
Para poner punto y final a esta noche, me gustaría abusar de la posición que ocupo, y pediros a todos que recéis conmigo mi oración preferida, que desde que la conocí en un retiro espiritual, nunca me abandona mis plegarias, y que mi Párroco en Villamartín, cuando terminaba la eucaristía, me miraba casi guiñándome, se giraba y con los ojos en la Virgen la rezaba, el Salve Regina.
 
Salve, Regina, mater misericordiae: 
 
Vita, dulcedo, et spes nostra, sa-al-ve.
 
Ad te clamamus, exsules, filii Hevae.
 
Ad te suspiramus, gementes et flentes 
 
in hac lacrimarum valle.
 
Eia ergo, Advocata nostra, illos tuos 
 
misericordes oculos ad nos con-ve-er-te.
 
Et Je-e-sum, benedictum fructum ventris tui, 
 
nobis post hoc exilium os-te-en-de.
 
O-o-o clemens, O-o-o-o-o pi-i-a, 
 
O-o-o-o-o-o-o-o du-ul-cis Virgo Mari-i-a.
 
 
 

Octavio L.R.

Octavio López Ruiz

C/ Rampa, 2
29754 Cómpeta (Málaga)
info@octaviolr.net

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25/03/2003

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