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Pregón Manuel Ángel López López. 2001

Manuel Ángel López López.

 

0.- (Espero que lo que ahora diré os ayude a vivir la Semana Santa como un encuentro con el Dios que se hace uno con el hombre en la humanidad de su encarnación con la intención de auparle al rango de hijo adoptivo de Dios.
 
Para ello he tomado una de las procesiones de Cómpeta: el Vía Crucis. Esta noche pretendo que asistamos a uno celebrado entre las calles de nuestro pueblo y las de Jerusalén; como fieles aquí, como testigos presenciales allí.
 
En nuestro recorrido nos encontraremos con todos los pasos que se procesionan en nuestra Semana Santa al natural y descubriremos algo que, seguro todos sabéis, todos ellos nos dicen que Dios es amor; y todos ellos nos llaman a conversión.)
 
1.- Iglesia del Santo Sepulcro, Jerusalén. Mientras el Santo Padre ora ante el sepulcro vacío, nosotros recorremos la orilla norte del Mar de Galilea por donde resuenan aún las palabras que él mismo dijera anteayer a más de cincuenta mil personas en el Monte de las Bienaventuranzas:
 
 “En el momento de su Ascensión, Jesús confió una misión a sus discípulos y les tranquilizó así: -Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues; enseñad a todos los pueblos... Yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo- (Mt 28, 18-20). Desde hace dos mil años los seguidores de Jesús han llevado a cabo esta misión. Hoy, en el amanecer del Tercer Milenio, os toca a vosotros. Ahora os toca a vosotros ir por el mundo a predicar el mensaje de los Diez Mandamientos y el de las Bienaventuranzas. Cuando Dios habla, habla sobre lo más importante para cada persona, para las personas del siglo XXI al igual que para las del siglo I. Los Diez Mandamientos y las Bienaventuranzas hablan de la verdad y de la bondad, de la gracia y de la libertad: de todo lo que es necesario para entrar en el  Reino de Cristo. ¡Ahora os toca a vosotros ser valientes apóstoles de ese Reino!.”
 
¡Es verdad!: ¡Ahora nos toca a nosotros ser valientes apóstoles de ese Reino que Jesús anunciara tantas veces a orillas de este mar que hoy suavemente nos refresca los pies!.
 
Pronto será Semana Santa, ¿tendrá que morir Jesucristo de nuevo antes de que, como dijo el  Papa, nos decidamos a llevar a cabo esa misión.? (Hb 6,6)
 
En los últimos días de su vida pública Jesús ascendió desde Galilea a Jerusalén. “Iban de camino subiendo a Jerusalén, y Jesús marchaba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que le seguían tenían miedo. Tomó otra vez a los Doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder:  «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles,  y se burlarán de él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará.»” (Mc 10, 32-34)
 
Todo sucedió en Jerusalén tal y como Él había dicho.
 
Madrugada del Viernes Santo. En Cómpeta la noche aún cubre con su manto la blancura de las casas. Un extraño frío recorre las encrespadas calles del pueblo. La voz del  silencio se oye en cada rincón. En la Iglesia, un numeroso grupo de personas hace vela ante el Sagrario.
 
Aún flotan en el ambiente los gritos desgarrados de la noche anterior de Jesús Atado a la Columna bajo los azotes de los soldados; los azotes, dicen los Padres de la Iglesia,  de nuestra lujuria: Jesús los sufrió en nuestra carne mortal que el asumiera el día de la encarnación.
 
¡Qué lejos queda el día de su entrada triunfal en Jerusalén, montado en la Borriquita!
 
Entonces todos cantamos ¡Hosanna, bendito el que viene en el nombre del Señor!, y ¡Aleluya, bendito el hijo de David!. ¡Qué lejos el día en que extendimos nuestros mantos a su paso y con ramos de olivo y palmas le aclamamos como nuestro rey!... y hoy, en la tensión de la madrugada esperamos su ejecución.
 
Parece como si todo hubiese sido un sueño, o mejor una pesadilla: ayer el triunfo, hoy el fracaso.
 
Poco a poco el fondo de la Iglesia y sus aledaños se van poblando de hombres: hombres acostumbrados, sobre todo los mayores, a cavar su tumba entre cepa y cepa en cada invierno labrando sus campos. Con su traje y serio semblante, parece que acudieran a un funeral. ...Es como si todo el universo esperase un desenlace fatal.
 
En la calle, por oriente, la tenue claridad atisba un rayo de esperanza...
 
¿Podrá vencer la luz a las tinieblas? ¿Se tornará la noche oscura de nuestra existencia en día luminoso?. ¿Librará Dios de la muerte a su Hijo?.           
 
¡“Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa”! (Mt, 26, 39), le gritó la noche anterior. Él, que es Todopoderoso ¿no le oirá, no librará a su primogénito de la muerte?. Pero dicen que luego añadió:     ¡...“Padre mío, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad.”! (Mt 26, 42).
 
¿Por qué diría esto si lo normal es pedir a Dios que nos quite los malos tragos?
 
Pero no, no parece posible que le libre de la muerte... Todo indica que las sombras acamparan eternamente sobre nuestro paso por esta vida. Si Él no ilumina nuestra existencia quedándose con nosotros ¿quién lo hará?; si muere ¿qué será de nosotros?.
 
Él, que dijo: «Yo soy la luz del mundo, el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida.», (Jn 8,12); si ahora deja que la muerte apague su luz, todo será oscuridad; y entonces ¿quién tendrá  la luz de la vida siguiéndole?. ¡Si El se va no habrá luz capaz de iluminar nuestra tiniebla! ”Mientras estoy en el mundo,-había dicho- soy luz del mundo” (Jn 9, 5), pero si se va ¿qué será de nosotros?... ¿o acaso no se va y estará siempre con nosotros;  por ejemplo aquí, ahora?
 
¿Jesús, dónde estás?
 
Sus discípulos, desconcertados,  no saben qué hacer. A Jesús le llevan de un lugar de Jerusalén a otro, de un suplicio a otro... Y mientras, antes del canto del gallo, en los jardines de la casa de Caifas, Pedro, aterrado, sintiendo miedo por su vida,  niega conocerte, como hacemos nosotros tantas veces que no nos interesa tu palabra.
 
¿Dónde estas entonces, Jesús?
 
Los hombres entran en la Iglesia, miran a la izquierda, por ver si también este año está... y sí, como cada año, junto al bautisterio,  espera el Cristo en su sitio, dispuesto a morir por amor al hombre, aunque le neguemos; luego se acercan al Sagrario y, nerviosos, salen a la plaza a esperar...
 
2.- JESUS ES CONDENADO A MUERTE.
 
(Puerta de Aurelio el de la Luz)
 
En la calle la luz ha vencido definitivamente a las tinieblas.
 
Llegó la mañana, y en ella,: “todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo celebraron consejo contra Jesús para darle muerte. Y después de atarle, le llevaron y le entregaron al procurador Pilato” (Mt 27, 1-2).
 
Jesús Cautivo es llevado entre empujones y risas desde la casa de Caifás a aquel que tenía autoridad para cumplir las escrituras sin saberlo.
 
Y Pilato, sin hallar culpa en Él, lo presentó al pueblo dándole a elegir entre Jesús y Barrabás. (Mt 27, 16-22) ¡Cuántas veces con el pueblo elegimos a Barrabás!. ¡Cuántas veces elegimos la violencia, imponer nuestra justicia por los puños, y qué pocas la mansedumbre, la humildad a las que nos llama Jesús!. ¡Qué cerca estamos de este pueblo que pide a Pilato la muerte de Jesús!
 
Nosotros esperando, con nuestro traje... Y al fondo de la Iglesia, sobre su trono, colgado de la Cruz, en silencio, sabiendo que había llegado su hora, el Cristo también espera. Desde pequeño siempre lo recuerdo en esa actitud de espera: si te pones debajo y le miras a la cara (hay que tener valor para mirar a Cristo a la cara) descubres en su rostro la espera; la espera  del Padre en la vuelta del hijo pródigo; la espera de María, que todo lo guardaba en su corazón,... la espera de Cristo a que se haga la voluntad del Padre...
 
Llegado el momento tras ser azotado,  empujan a Jesús del lugar llamado Enlosado y lo sacan fuera; también los costaleros cargan con el trono y le conducen a la  plaza lentamente: Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca. (Is 53, 7)
 
3.-JESUS CARGA CON LA CRUZ.
 
(Frente a José Manuel Escobar)
 
Mudo. Ni una palabra en su defensa. Y Pilato, tras lavarse las manos oye decir al pueblo: ¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos! (Mt 27, 25). ¿No es también nuestra voz la que así grita cuando dejamos desamparados a nuestros hermanos incapaces de ayudarles en sus necesidades?.
 
Y luego dijo: «Inocente soy de la sangre de este justo. Vosotros veréis.» (Mt 27, 24)
 
¿Qué dices Pilato?, ¿Acaso hay algún inocente de la sangre derramada por Jesús?. En ti,  todos nosotros nos lavábamos las manos, como si no fuera con nosotros; nuestra declaración de inocencia supone la condena a muerte de Jesús.
 
Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús,  y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota (Jn 19, 16-17).
 
¿Ha comenzado el principio del fin?.
 
Ante el lugar del juicio quedan algunos amigos de Jesús, desolados, hundiéndose en la oscuridad de la desesperación, viendo como se llevan al maestro; otros siguen a Jesús como Maria, su madre,  las otras mujeres y Juan  por entre la gente, ascendiendo por la estrecha “Vía Dolorosa” que conduce al monte.
 
En la Iglesia quedan las mujeres con la triste serenidad del que acepta el desenlace que se veía venir. Parece como si Dios no hubiese escuchado sus oraciones.
 
¿Por qué tiene que morir Jesús? ¿Acaso la muerte no es el final? ¿Qué padre se complace en la muerte de su hijo? ¿Es esto un misterio... o una aberración?
 
Ante la muerte las dudas nos atormentan, y calle José Antonio abajo llevan a Jesús al cadalso. ¿Por qué?.
 
Sobre sus hombros Jesús Nazareno lleva la cruz camino del Calvario mostrándonos la senda que hemos de seguir;  por eso, poco antes nos había dicho:  Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.  Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. (Mt 16, 24)
 
Pero ¿quien de nosotros está dispuesto a seguirle por sendero tan tortuoso sabiendo que al final espera el Calvario?. ¿Cómo tomar nuestra cruz si cada día hacemos lo imposible por huir de ella?.
 
Gran misterio que no alcanzamos a comprender: nuestra razón nos dice que huyendo de la cruz, salvaremos la vida y Él, que quien pierda la vida por seguirle la encontrará. ¿Hay alguien que esto comprenda?
 
4.-JESUS CAE POR PRIMERA VEZ.
 
(Puerta de A. María)
 
 
Con tal carga el camino se hace largo, escabroso, lento; y la cruz... bajo su peso Jesús cae. En su caída están todos los que sufren, están los hambrientos, los desnudos, los presos, los esclavos... Pero ¡hombre! ¿No vamos a ayudarle?. Dar nuestra vida, nuestro amor, nuestro aprecio a los demás ¿Tanto nos cuesta?.
 
Míralo, ahí caído en el suelo, aplastado  por el peso de la cruz que no se merecía, con la piel desgarrada por los latigazos, la cara descompuesta y ensangrentada por los golpes y las espinas, las espinas de nuestra soberbia que coronan su cabeza;  llena su cara de salivazos... y nosotros ¿no vamos a ayudarle?. ¿Hay alguien que encuentre sentido a tanto desatino?: El Justo ocupando el lugar del malhechor, y el malhechor ocupando el lugar de dios.
 
Calle Sevilla quisiera acortarse para abreviar el momento, pero no puede, parece alargarse; callada, quieta y estrecha, observa muda a Jesús caído, como la muchedumbre que le sigue con sus cantos.
 
La primavera despierta con su luz la vida en derredor y asiste entre asombrada e incrédula al atroz espectáculo; los primeros vencejos pían surcando el cielo... ¿o acaso lloran al ver a Jesús?.
 
5.-JESUS ENCUENTRA A SU MADRE
 
(Allí nací)
 
Tras las ventanas, en las terrazas, en los recodos de la calle hay mujeres y niños observando los acontecimientos. De entre ellas un grito desgarra la luz de la mañana: es María, la Madre de Jesús, La Virgen de los Dolores que llora desconsolada al ver a su Hijo rodeado de tanto tormento.
 
Ella que al visitar a su prima Isabel llevando a Jesús en su seno había cantado:  
 
Proclama mi alma la grandeza del Señor  y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador  porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre (Lc 1, 45-49),  ahora se afirmaba en su canto; ella, que guardaba todas las cosas y las meditaba en el corazón, tal vez tuviera la esperanza de que, como sucediera a Abraham, Dios le suscitase un cordero que ocupara el lugar de su Hijo.
 
En su mente resuena la voz de Simeón, cuando tras haber cumplido, según la ley de Moisés los días de la purificación, subió al templo a presentar y rescatar a su hijo:  “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y como signo de contradicción - ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.” (Lc 2, 34-35).
 
¿Hay mayor espada, mayor dolor que atraviese el alma, que ver al Hijo sufrir desgarrándose hasta la muerte?
 
Pero..., María, ¿no recuerdas que el ángel te dijo que tu Hijo sería llamado Hijo de Dios?, y ¿quién como tu, sabe del amor que Dios le tiene al hombre?; ¿acaso no te dice algo en el corazón que el Cordero que ocupó el lugar de Isaac era tu Hijo?.
 
El misterio de Dios oculto desde el principio ¿no te lo había revelado ya Dios siendo su esposa?. ¡María,  María,  cordera de Dios, María!
 
Pero es tan grande el dolor que nubla la esperanza. ¿Quién ayudará a su Hijo que camina aplastado por el sufrimiento hacia el suplicio? ¿Quién consolará al abatido, levantará al caído?, ¿Dónde está ese hombre dispuesto, como Jesús, a llevar sobre sus hombros la carga de los demás?. 
 
6.- SIMON DE CIRENE AYUDA A JESUS A LLEVAR LA CRUZ.
 
(Frente a la casa de P. Tejeiro)
 
¿Dónde está?. Pero poco a poco el momento final se acerca. La muchedumbre que sigue al Cristo continúa con sus cantos penitenciales.
 
A pesar de la luz de la mañana son las tinieblas de la muerte las que rondan por la calle San Sebastián.
 
Entonces  “...echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús. (Lc 23, 26)
 
Simón de Cirene, un hombre humilde del campo que no sabe lo que esta sucediendo, carga con la cruz de Jesús y le sigue. El nunca ha escuchado las palabras de Jesús que invitaban a tomar la cruz y a seguirle para encontrar la vida, ni siquiera lo hace voluntariamente,  -simplemente le han cogido a el-.
 
Tal vez  contigo y conmigo suceda lo mismo: nos ha cogido Dios para que llevemos la cruz repartiendo nuestro amor a los demás y le sigamos; si a su propio Hijo le lleva por este camino, ¿no será cierto que no acaba en  el Calvario sino en la vida, y vida eterna?.
 
Aunque claro, ¿quién ha visto resucitar a alguien?
 
7.-LA VERONICA LIMPIA EL ROSTRO DE JESUS.
 
(Frente al Colmenero)
 
Por la calle S. Sebastián  avanza la comitiva con tensa lentitud. El cansancio y la sangre asolan el rostro de Cristo: el elegido de Dios, el Ungido, el que salvaría al pueblo de todos sus pecados –había dicho el ángel a su padre José- hoy se ve camino del fracaso y la muerte: “despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable y no le tuvimos en cuenta” (Is 53, 3) había profetizado Isaías años antes.
 
¿Tan desfigurado vas, Jesús,  que hay que volver el rostro para no vomitar?
 
Ante tan horrendo espectáculo, al menos una mujer llamada Verónica, -eso cuentan los apócrifos y la tradición- se acerca sin asco a limpiarle el rostro mirando de cara al sufrimiento. ¡Verónica!. ¡Cuántas veces nuestros hermanos reclaman de nosotros que seamos para ellos Verónica! y ¡cuántas veces pasamos de largo sin atrevernos a mirarles de cara en su sufrimiento!
 
8.-JESUS CAE POR SEGUNDA VEZ
 
(San Cayetano)
 
Sigue. La procesión sigue y dejó atrás San Cayetano acercándose al cementerio. Allí acaba el viaje.
 
¡Tantas veces los mismos que hoy seguimos al Cristo dejamos allí, en el cementerio, a nuestros seres queridos y volvimos al pueblo solos y abatidos.! ¿Será hoy lo mismo?.
 
Los acontecimientos se suceden con rapidez. Jesús camina exhausto. Sus cansinos pasos le acercan lentamente a su hora. Muy cerca se puede ver la puerta que conduce a las afueras. Por segunda vez Jesús dobla sus rodillas por el agotamiento del dolor. Sus verdugos le envuelven  con latigazos obligándole a levantarse.
 
Algo parecido a lo que hacemos con los que solicitan nuestra ayuda, o con los mendigos, con los que viven su soledad en la calle, harapientos, miserables...
 
¡Trabaja y gánate el pan! –le decimos tantas veces y nos quedamos tan tranquilos.
 
Y con todo son nuestras dolencias, nuestros pecados los que él lleva, los que le hacen caer, los que derraman gota a gota su sangre, los que se clavan en sus sienes arrancándole el poco de vida que le queda.
 
Desde el suelo, Jesús, alzando la vista hacia la multitud las ve.
 
9.- JESUS CONSUELA A LAS MUJERES
 
(Cementerio)
 
Numerosas mujeres lloran y se lamentan a su paso por los sufrimientos que le acosan. Con su llanto le acompañan sin comprender lo que está sucediendo: un hombre inocente, que había ayudado a los ciegos, a los leprosos, a los pobres; que había multiplicado la comida dando de comer a una muchedumbre...
 
¡Un hombre de Dios, y que se vea en esta situación!.
 
¿Por qué Dios permite tan gran injusticia?.
 
Y en la calle, inundada por sus gritos y sus lágrimas, Jesús las mira y les dice:  Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará? (Lc 23, 28.31)
 
Si conmigo que soy inocente, que en mi boca no hubo engaño ni encontraron culpa en mí, si con el leño verde hacen esto; con el seco, con los pecadores ¿qué se hará?.
 
¿Qué será de ti y de mí si al final, en la cruz,  acaba  todo?.
 
10.-JESUS CAE POR TERCERA VEZ
 
(Fabrica de Serrar)
 
 
También la naturaleza observa expectante esperando que la oscuridad se torne luz, el sufrimiento paz.
 
Ella había oído cómo Jesús decía a sus discípulos en el Cenáculo la tarde anterior: Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo.(Jn 16, 33).
 
Y ante la muerte, ante la cruz, todos nos dispersamos, como los apóstoles, cada uno procurando buscar su vida.
 
Parece como si con el camino acabase todo. Pero en el aire resuena la voz de animo de Jesús: ¡Yo he vencido al mundo!.
 
Pero este eco no descarga de dolor la tercera caída. De nuevo cae por ti y por mí. Cae también por esos niños que antes de nacer se les roba la vida porque no los deseamos, porque pensamos que nos robaran el tiempo, y nosotros le quitamos la vida. Jesús también toma sobre sí este sufrimiento.
 
¿Quién no cae abatido por tanto peso?.  
 
11.- JESUS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS
 
(Las tres cruces)
 
Atrás queda el cementerio. El sol anuncia con sus rayos que las tinieblas serán definitivamente vencidas por la luz.
 
¿Pero cuando?, porque todo sigue adelante.
 
Llegados al monte Calvario los soldados, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. (Jn 19, 23).
 
Todo esta ya dispuesto. Jesús como Sumo Sacerdote, con su túnica sin costura, y a la vez  como víctima del sacrificio. Y el pueblo, cargado con sus pecados, sin saber que la muerte, su muerte,  será matada con la muerte de Jesús.
 
¿O es que va a morir en vano?
 
¿Seguiremos eternamente haciendo inútil su muerte?.
 
12.- JESUS ES CLAVADO EN LA CRUZ
 
(Frente al bar las Gemelas)
 
Le crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 33).
 
Traicionado, negado por sus apóstoles, azotado, objeto de burlas y salivazos,  juzgado como un malhechor, coronado de espinas, aplastado por la cruz, despojado de sus vestiduras... ¡y ahora crucificado!
 
¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado.
 
Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados.
 
Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Dios descargó sobre él la culpa de todos nosotros.
 
Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca.
 
Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca.
 
Tras arresto y juicio fue arrebatado, y de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa?
 
Fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido; y se puso su sepultura entre los malvados y con los ricos su tumba, por más que no hizo atropello ni hubo engaño en su boca.
 
Mas plugo a Dios quebrantarle con dolencias.
 
Si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días, y lo que plazca a Dios se cumplirá por su mano.
 
Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará.
 
Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos, y las culpas de ellos él soportará.
 
Por eso le daré su parte entre los grandes y con poderosos repartirá despojos, ya que indefenso se entregó a la muerte y con los rebeldes fue contado, cuando él llevó el pecado de muchos, e intercedió por los rebeldes. (Is 53, 4-12).
 
Nicodemo, judío conocedor de las escrituras,  ve a Jesucristo en este texto de Isaías. También nosotros ahora. Lo que nadie comprende es que los planes de Dios sobre el hombre pasen por la muerte del Mesías.
 
Tampoco las mujeres, entre ellas su madre María, y Maria de Magdala; ni Juan comprenden los caminos de Dios, ¿o sí...?.
 
Al pie de la cruz, Maria, la Virgen de los Dolores,  con el corazón traspasado por la espada (Lc 2, 35) pero erguida, “sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio,  consintió amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado” (CVII LG) nos dice el Concilio Vaticano II.
 
Estamos tan acostumbrados a esta imagen que parece normal, pero imaginemos a una madre que asiste a la muerte de su hijo de treinta y pocos años. ¿Acaso alguien puede medir el dolor que inunda todo su ser?
 
Desgraciadamente todos hemos acudido alguna vez al entierro de una persona joven; la angustia desborda todos los corazones pero no como al de la madre o el de la esposa...
 
¡Que cerca de estas mujeres estaba María!.
 
Y en lo mas sublime del amor, María escucha a su Hijo gritar:  «¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»  (Lc 23, 34)?
 
¿Hay locura de amor más grande y más hermosa que ésta de Dios por el hombre?
 
Me han maltratado, escupido, abofeteado, se han mofado de mí, y ahora me están matando, ... pero perdónalos, Padre,  porque no saben lo que hacen...
 
 Dicen los Padres de la Iglesia que María al pié de la cruz estaba reparando la desobediencia de la primera Eva, la cual cooperó con Adán en la ruina de la Humanidad junto al árbol del jardín; ahora María, como nueva Eva acompaña al nuevo Adán, Jesucristo, quien realiza en el árbol de la cruz su sacrificio redentor...
 
Y desde la Cruz, casi terminado el Vía Crucis, camino ya de la plaza: Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. (Jn 19, 26-27).
 
Juan, el discípulo a quien Jesús amaba, acoge como madre a la madre de Jesús; y la madre, María, le acoge como a su  hijo, como al mismo Jesús, como si fuese el mismo Jesús...
 
Y es que Juan podía decir como San Pablo  “con Cristo estoy crucificado; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Esta vida en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí.”  (Gal 2, 19b-20).
 
¿Qué dices Jesús a tu madre? ¿Acaso que en Juan están todos los que te dejan vivir en ellos y con Juan les das a tu Madre como su madre?, ¿Es tu madre la de todo aquel que reproduce tu imagen sea la época que sea?.
 
¿Nos estás diciendo, Jesús, en Juan, que ahí tenemos a nuestra madre, al pie de la cruz,  esperando con los brazos abiertos a su hijo: Aquel que haga la voluntad de Dios, y que ese hijo puede ser cualquiera de los que estamos hoy aquí contemplándote en la cruz?  
 
Yahvé escribirá en el registro de los pueblos: «Fulano nació allí», (Sal 87, 6) dirá el salmo, y de esta forma María es nuestra Madre, la nueva Sión, de la que se dirá “Todos han nacido ella” (Sal 87)
 
¡Bendita Madre que junto a la Cruz nos tomó en su seno!
 
13.- JESUS MUERE EN LA CRUZ
 
(San Isidro Labrador)
 
Y “A la hora nona gritó Jesús con fuerte voz: “Eloí, Eloí, ¿lema sabactaní?”, -que quiere decir- “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34)
 
Era la hora sexta, y hasta la nona hubo oscuridad sobre la tierra. Desde el mediodía hasta las tres de la tarde. Tres horas asfixiándose lentamente, muriendo como un maldito...
 
 ¿Hay acaso dolor como su dolor?
 
No te extrañes de que la noche inunde la luz del día; de que las tinieblas vistan al sol de oscuridad pues el que había venido como luz que alumbra a todo hombre se esta apagando ante los ojos incrédulos de toda la creación.
 
También nos sucede a nosotros, ante la cruz de nuestra historia no vemos a Dios por ninguna esquina, y son las tinieblas de nuestra murmuración, de la queja, del juicio...,  las que esculpen, golpe a golpe, su muerte.
 
“Eloí, Eloí, ¿lema sabactaní?” –grita Jesús en el  momento de su muerte- “Como el agua me derramo –dice el salmo que Jesús está rezando, y continúa- todos mis huesos se dislocan, mi corazón se vuelve como cera, se me derrite entre mis entrañas. Esta seco mi paladar como una teja y mi lengua pegada a mi garganta; tu me sumes en el polvo de la muerte...
 
Puedo contar todos mi huesos; ellos me observan y me miran, repártense entre sí mis vestiduras y se sortean mi túnica. ¡Más tú,  Yahveh, no estés lejos, corre en mi ayuda, oh fuerza mía!...
 
Los que a Yahveh teméis, dadle alabanza... porque no ha despreciado ni ha desdeñado la miseria del mísero; no le ocultó su rostro, más cuando le invocaba le escuchó.” (Sal 22, 2. 15-16.18-19.20.24-25.)
 
Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido.» E inclinando la cabeza entregó el espíritu. (Jn 30,19)
 
¿Qué es lo que está cumplido, Jesús?, ¿acaso la muerte es un buen final como para sentirse satisfecho?
 
Y la historia de una eternidad de amor de Dios al hombre responde: Está cumplida la vida de Jesús, la obra que Dios le encomendó, están cumplidas todas las Escrituras: la del Cordero Pascual, la del Siervo de Yahveh... todo el Antiguo Testamento se ha cumplido.
 
La muerte de Jesús es la antorcha que ilumina y da sentido a toda la Historia de la Salvación: las imágenes del Antiguo Testamento han sido hechas realidad en la cruz de Cristo, como dice Meliton de Sardes:
 
“La ley se ha convertido en palabra y de antigua se ha hecho nueva. El mandamiento se ha convertido en gracia, la figura en verdad, el cordero en hijo, la oveja en hombre y el hombre en Dios”.
 
Rasgado el velo del templo ya no hay nada que separe al hombre de la presencia de Dios sino que la cruz, el Cristo, el árbol de la vida, le une íntimamente a Él y le da sentido a su existencia.(Hb 9, 1-28; Mc 15, 38)
 
14.- JESUS ES BAJADO DE LA CRUZ
 
(Antigua casa de Arjona)
 
 
Tras su muerte José de Arimatea y Nicodemo, ayudados por algunos hombres, bajan de la cruz el cuerpo exhausto de Jesús y le colocan en el suelo para ser envuelto en la sábana después de ungido con aceite, una sábana blanca que anuncia un misterio. Pero antes, antes del adiós definitivo María le retiene por un instante en sus brazos; su hijo, el que sería llamado Hijo de Dios yacía en sus brazos, derrotado por la muerte que se ensañó con El hasta el final. Es la Virgen de las Angustias que llora desconsolada.
 
 ¿¡Quién es el hombre que no llora al ver a la Madre de Jesús en tanto tormento!? –gritará un canto de la liturgia de este día de viernes santo.
 
Y tras ellos, mientras preparan el cuerpo para la sepultura, la CRUZ. La cruz desnuda e inmensa abriendo sus brazos, como queriendo decirnos algo.
 
La cruz que espantó a casi todos sus discípulos y seguidores; la cruz que nos escandaliza y nos hace murmurar de Dios; la cruz que es una necedad para los inteligentes, para los sabios de este mundo; la cruz que es escándalo para tantos de este mundo; la cruz, ese gran misterio escondido durante siglos, que es sabiduría de Dios, fuerza de Dios, y que hoy nos mira y nos invita a que subamos a ella para completar en nosotros lo que falta en nuestros días a la  pasión de Jesús.(Col 1, 24)
 
15.- JESUS ES SEPULTADO
 
(Plaza Almijara)
 
 
Atardece. En Jerusalén pronto el sonido del sofar anunciará el comienzo de la fiesta; por eso urge sepultar a Jesús, lo llevan a un sepulcro nuevo excavado en la roca; a lo lejos María su madre, y las otras mujeres les siguen.
 
Aquí, las nubes visten la tiniebla de este día de gris oscuro. Aún así, todo en derredor habla de vida: -tras las nubes, el sol en poniente, anuncia la posibilidad de que amanezca un nuevo día; -las plantas explosionan la vida que llevan dentro en hermosas flores que invitan a la alegría; -los pájaros, enamorados, buscan pareja soñando con la vida; -los vencejos, las golondrinas... la misma tarde nos habla de vida.
 
Pero el día se vistió inesperadamente de luto. ¡Hasta Pilato se extrañó de que ya estuviese muerto, de que la Vida hubiera muerto!(Mc 15,44). En el sepulcro propiedad de José de Arimatea, sobre la losa, envuelto en la sábana, fuera de las murallas, el cuerpo de Jesús duerme el sueño eterno de los muertos. Eso dicen los hechos.
 
...Y el día, el día parece gritar que todo ha acabado. A la mañana finalizó el Vía-Crucis con la sepultura de Cristo, a la tarde en el Sermón de las 7 Palabras meditamos nuevamente su muerte, luego besamos su cruz..., a la noche la procesión, solemne y tensa,  resaltó los últimos momentos de Jesús, y la Soledad  de su madre vistió de angustia la última noche... de procesiones.
 
16.- Puede que para alguno todo acabe el viernes. Con la muerte. En el sepulcro. Y es que tal vez nuestra fe no vaya más allá de la mera muerte.
 
Porque mientras el cuerno del sofar anuncia el inicio de la fiesta donde un año más esperan al Mesías, Jesús desciende a los infiernos a destruir la muerte, nuestra muerte, y rescatar a los que vivimos siendo sus esclavos; y ellos, y nosotros, ¡necios e insensatos, tardos en comprender, sin enterarnos, instalados por siempre en ella!
 
Pero ¡no!, en la mañana del domingo, las mujeres, y hasta Pedro, comprobaron que el sepulcro estaba vacío, la muerte que alojaba había sido vencida.
 
Desde entonces, miles de millones de personas, yo mismo, hemos comprobado que efectivamente, el sepulcro esta vacío.
 
 Es la obra de Dios, que tras comprobar que al separarnos de Él nos hemos encerrado en el odio y la muerte, presos de por vida, sin poder escapar de esta situación en la que el amor de Dios, su amor,  no puede habitar en nosotros; en la plenitud de los tiempos su Hijo se hace hombre y sufre las consecuencias de nuestro odio y nuestra muerte.
 
Y con su muerte, voluntariamente aceptada, inunda del amor de Dios nuestra existencia y nuestra propia muerte, abriendo la puerta que la orienta hacia la vida.
 
Por eso cuando caemos en el pecado nos encontramos que, allí en la profundidad de nuestro pecado, está el amor de Dios que se nos ha manifestado en Jesucristo; donde debíamos encontrar la muerte nos encontramos la vida,... y el sepulcro vacío: nuestra muerte, nuestro pecado  ¡han sido vencidos!.
 
Ahora comprendemos cómo  la vida de Jesús, el camino del vía crucis, nuestra propia existencia,  no terminan en el Calvario, en la muerte, en el sepulcro,  sino que se orientan hacia la noche santa del sábado de gloria.
 
Noche en que el mal y sus ejércitos son destruidos, noche en que el pueblo es liberado, noche que abre caminos firmes en medio de las aguas, noche que destruye las sombras de la muerte con la luz gloriosa de la Vida, noche admirable que vio la muerte de la muerte, noche que nos salva de las garras del demonio, noche que nos pasa a los brazos del Padre...
 
“¡Oh noche maravillosa  -cantaremos en el Pregón Pascual- en que despojaste al Faraón y enriqueciste a Israel!
 
¡Oh noche maravillosa, tu sola conociste la hora en que Cristo resucitó!
 
¡Oh noche que destruyes el pecado y lavas todas nuestras culpas!
 
¡Oh noche realmente gloriosa que reconcilias al hombre con su Dios.
 
Esta es la noche en que Cristo ha vencido la muerte y del infierno retorna victorioso!”
  
¡Todo, absolutamente todo, lo había orientado Dios hacia esta Noche en que la tiniebla se torna luz, y la dispersión se convierte en unidad!. ¡Uno es Dios, y su Hijo,  en el Espíritu Santo!
 
 
El mismo Jesús que nació en Belén,
 
es el mismo que predicó en ésta ribera norte del Mar de Galilea,
 
el mismo que entró triunfante en Jerusalén montado en la Borriquita,
 
el mismo que fue entregado Cautivo a Pilato,
 
el mismo Jesús que Atado a la Columna recibió los azotes,
 
el mismo que fue coronado de espinas y Cargado con la Cruz,
 
el mismo que clavado en ella ofició el sacrificio redentor de la humanidad,
 
el mismo hijo de María que fue sepultado en el sepulcro nuevo,
 
el mismo que dejó vacío el sepulcro, como lo encontrara María la Magdalena,
 
el mismo que resucitó en la mañana del domingo inaugurando la vida eterna en la tierra.
 
El mismo Jesús que hoy se encuentra entre nosotros, pues en su nombre nos hemos reunido.
 
Al fondo, como un eco lejano se oye un murmullo. El toque de una campanilla me saca de mis pensamientos. No estoy en la orilla norte del Mar de Galilea. Estoy en el templo, en la Iglesia de Cómpeta. Es la madrugada del Viernes Santo del año 2.001 y va a comenzar el Vía Crucis.
 
Mientras salgo a la plaza la voz del Papa resuena en mis oídos; y algo en mi interior responde:
 
¡Es verdad!:
 
¡Jesús está  resucitado, y Él es el Señor!
 
Por eso ¡Ahora nos toca a nosotros ser valientes apóstoles de ese Reino que Jesús anunciara tantas veces a orillas de ese mar que hoy, suavemente, nos ha refrescado el alma!.  
 
Leído el día siete de abril de dos mil uno, vísperas del domingo de Ramos y de la Pesah de Israel de 5.761, festividad de San Juan Bautista de La Salle, San Epifanio, obispo; y San Donato y Rufino, mártires en la Iglesia parroquial Nuestra Sra. de la Asunción. COMPETA.
 
 
 

Octavio L.R.

Octavio López Ruiz

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25/03/2003

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