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Pregón Inmaculada González Gutiérrez. 2015

 

  • Sra. Presidenta y Junta de Gobierno de la Agrupación de Cofradías, de Cómpeta.
  • Hermanos Mayores de la Santísima Virgen de las Angustias
  • Hermanos Mayores de todas las cofradías competeñas aquí presentes.
  • Excelentísimo Sr. Alcalde, de Cómpeta.
  • Señor cura Párroco.
  • Cofrades… de Cómpeta; queridos familiares y amigos todos.
 
 
         Agradezco, ante todo, a Dña. Pilar López, y en su nombre a la Agrupación de Cofradías de Cómpeta, su gentileza al haber depositado en mí la confianza para ser vuestra voz con este pregón de Semana Santa.  
 
        Gratitud.  Fue la primera palabra que vino a mi mente y conmovió mi ánimo, cuando llamaste a mi puerta para este encargo.  Después… turbación; porque mi figura es insignificante y… mis méritos, ningunos; pero sí os prometo, —con total confianza— que pondré todo mi amor en esta tarea.  ¡Ardua!, por cierto, y es que la Semana Santa, —tal como la siento— es algo que nos corre por las venas, algo que llevamos muy dentro, porque…  Semana Santa en realidad, sois vosotros mismos.
 
       —Sí— vosotros sois Semana Santa.  No busquéis más; no esperéis grandes palabras; ningún discurso retórico; es suficiente con que miréis hacia adentro, en vuestro interior, para hallar su verdadero significado.  A fin de cuentas, la puesta en escena que veremos en los próximos días no es el fin último, todo esto se cimenta, —y sólo tiene sentido— a partir de vuestros propios sentimientos, de vuestras emociones, de vuestras alegrías y penas, con vuestro compromiso, ternura, piedad, conciencia y fe, y eso… eso es algo extremadamente complejo de explicar encadenando simples palabras.  Pero aquí estoy, con mis papeles y con mis gafas, —con mi mejor voluntad— y… a ver cómo nos queda.
 
        Quiero decir también, que es además para mí un honor y una doble satisfacción estar hoy aquí, por dos motivos:  en primer lugar, naturalmente, para ensalzar la belleza, la tradición, la religiosidad, el fervor y la espontaneidad de nuestra Semana Santa; pero también por otra —muy en particular—  por la oportunidad que se me brinda para enaltecer la figura, —la amable y tierna figura— de Nuestra Señora de las Angustias, Virgen de La Piedad; ¡que está ahí, ahí mismo, y me está oyendo!; y que es para mí… especialmente querida.
 
        Me gustaría empezar este pregón de Semana Santa, no obstante, rescatando unas palabras que pronunció César Cadaval, (…) —Como decía, palabras de César Cadaval— dedicadas, en su pregón de Semana Santa de 2011, en Triana, a su hermano Diego Cadaval Pérez, fallecido pocos meses antes.  Y que yo, me he permitido la pequeña licencia de adaptar a este momento, a este lugar, y así mismo, también dedicarlas a la memoria de una persona especialmente querida por mí; que nos dejó este año pasado:  Vicenta Gutiérrez      —mi abuela— ¡a la que yo tanto quería!  Y que sé, que desde el cielo —donde está— mira por mí.
    
Quizá fuiste tú, la que quiso que yo le pregonara a Cómpeta.  
 
—En su Semana Santa —.
 
Quizá fuiste tú, la que quiso que yo estuviera al laito de la Piedad, un día de primavera.
 
Quizá, fuiste tú, ¡que tan cerquita estás de mí allí en la gloria!
 
Quizá fuiste tú, ¡y qué pena…!  que no te tenga a mi vera.
 
Quizá fuiste tú la que quiso que yo le diera las gracias, a la Virgen de la Piedad, por todo lo que te dio.
 
Quizá fuiste tú, quien más fuerza me dio para escribirle unos versos a Nuestro Padre Jesús —con quien estás en el cielo—.
 
Quizás fuiste tú la que quiso, ¡ahora que tan cerquita lo tienes!, darle sentido a este pregón —para que nunca-temblara-mi fe—.
Quizás, fuiste tú, la que me hizo ver brillar a la estrella más dolorosa, cada Viernes Santo.
 
Quizá fuiste tú la que llenó de ilusión, cada palabra-de esta-liturgia.
 
Quizá fuiste tú, la que me hizo querer con más devoción a su madre; nuestra Señora de las Angustias.
 
Quizá fuiste tú la que me hizo mirar a la calle Toledo, para ver al mayor de todos los nazarenos; y a su madre llorando, cuando va pa su Templo; nuestra Virgen de los Dolores, —¡que es un trocito de cielo!—.
 
Quizá, fuiste tú, la que me trajo hasta este sitio, para sentir aún más, la agonía de esta Madre y de su Hijo.
 
Quizá fuiste tú la que al llegar el Viernes Santo, nunca quiso que perdiera su camino.
 
Quizá… seas tú, la que me dice, cuando salgo de esta tierra, que no me olvide de mi pueblo nunca; que recuerde a la Virgen de los Dolores bajo su palio, y… —como no— que por delante siempre van El Cautivo y La Columna.
 
        Y es que… —así es la vida Señores— se quedan los que quedamos, pero se van los mejores.  Por eso… ¡por eso quiero creer!, porque seguro que arriba están los que tienen fe, están los que son cristianos, los que nos hacen el bien.
 
        Sean pobres, sean ricos, ¡los que se dan a querer!  Están los que siempre buscan a Jesús de Nazaret.  ¡Que nos dejen ya tranquilos los que no quieran creer!, que a nadie pedimos nada, ¡que solo es cuestión de fe!
 
¿Pena?  ¿Quién ha dicho pena?
 
¡Los corazones al cielo!
 
os digo con alegría.
 
¡Te está llamando el pregonero!
 
Que un siete de julio
 
te fuiste pal cielo aquel día,
 
dejando la puerta entorná,
 
y en mi pecho esta llama encendía.
 
¡Que suene fuerte el martillo,
 
que va por to Cómpeta…
 
y por mi abuela que está
 
con la Virgen María!
 
 
        Mientras he estado planeando todo aquello que quería decir en este pregón, cómo explicarlo y cómo hacerlo; también he estado en alguna ocasión paseando serenamente por las calles de Cómpeta, por su laberinto de calles antiguas, que habrán visto… no sé cuántas Semanas Santas.  He paseado al final del atardecer, —casi en la noche— cuando todo está en calma, tratando de encontrar y definir las líneas maestras para este pregón.  Me he cruzado con algún vecino o amiga y le he saludado; alguno se ha parado a preguntarme que cómo lo llevaba, —lo del pregón— le he dicho que muy bien —¡qué iba a decir!—  Tal vez en la cara se me notaba otra cosa pero… finalmente he visto claro lo que quería expresar, lo que quería transmitiros hoy.
 
        He presenciado los pasos procesionales muchas veces, los mismos pasos, en las mismas calles; las mismas imágenes, en sus mismos tronos; pero siempre… siempre encuentro algo distinto, algo nuevo, algo que aún no había descubierto antes.  Y eso ocurre porque nuestra Semana Santa, la Semana Santa de Cómpeta por supuesto, pero también la de Málaga, incluso la de cualquier parte en Andalucía es:  tan particular, tan compleja, tan apasionante y tan distinta, como cada uno de nosotros.  —Sí, es así— porque aquí… la sentimos y la vivimos de una forma especial:  “a nuestra manera”.  
 
        Justamente por eso, adonde quiero llegar con este pregón, —lo que se me apetece— es conocer y penetrar en la gente que, —como decía antes— somos:  Semana Santa.  Portadores de tronos, penitentes, floristas, talladores, orfebres, costureras, aguaores; gente que va de promesa; gente que pide favores a la Virgen, aunque no siempre se cumplan.  —Ni las promesas… ni lo que se pretende—.
         
Por ahí dicen que esta es la Tierra de María Santísima y… no, no les falta razón.  Porque es cierto que nosotros cada primavera andamos:  “…buscando escaleras, para subir al madero y…”   ¡Se nos rompe el corazón mirando esa cara tan guapa!:  la de La Virgen de los Dolores, la de La Virgen de las Angustias, la de La Soledad. 
 
 
Te vi venir tan despacio,
 
¡cómo temblaba por dentro!,
 
mientras mecían tu palio.
 
Creí que estaba en el cielo,
 
y el cielo… era mi barrio.
 
 
 
         Soy cofrade y hermana de la Real Hermandad de Nuestra Señora de la Piedad, de Málaga, pero sobre todo soy:  devota-incondicional-de Ella.
 
        Mi relación con la Virgen de la Piedad, —o de las Angustias como la llamamos aquí en Cómpeta— es profunda, pero no es por eso una relación que venga de toda la vida; tiene sin embargo un principio.  Algo que me gustaría describiros, incluyendo en ello detalles muy propios e íntimos, y que contemplo siempre desde mi más humilde punto de vista y mi sincera experiencia personal.  
 
        Y es que… fue hace 20 años, los que aproximadamente tiene mi hijo mayor, —Sergio— me encontré ante lo que para mí era una grave incertidumbre pero sobre todo:  un verdadero desconsuelo.  A mi hijo, que apenas tenía tres meses de edad, le diagnosticaron en el Hospital Materno Infantil de Málaga, una delicada enfermedad en las vías respiratorias.  EPOC, este era el nombre.  Una:  “Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica”, no sé… una cosa rara, pero cuyo tratamiento exigía el empleo de medicamentos específicos e incluso experimentales, además de otras medidas no farmacológicas:  fisioterapia, oxígeno…  Según me explicó el pediatra, había que tratar de evitar a toda costa que la enfermedad evolucionara y se arraigara, ya que de ser así, se produciría una clara disminución de la capacidad pulmonar e impediría también una posible curación completa a largo plazo. 
 
        Como os podéis imaginar salí de allí con el cuerpo temblando, completamente afligida, triste… hundida.  Aquel día, deambulé sin rumbo por… ¡no sé cuántas calles!  Mis piernas simplemente me llevaban de un lugar a otro pero no me conducían a ninguna parte.  No recuerdo que hora era; porque a mí no me parecía de día, ni de noche.  No recuerdo si vi coches en las calles, ni si había poca o mucha gente.  No oía ruidos; no hablaba; no pensaba; solo arrastraba conmigo desaliento, un miedo terrible y absoluto dolor… por mi hijo. 
        
        No sé cuánto tiempo pasé así, —no me acuerdo— hasta que… no me quedó más remedio que despabilarme por un momento porque acababa de tropezar con alguien:  
 
¡Perdón, perdón!  —Era una persona con la que choqué de frente.  
 
        ¿Un hombre, una mujer?  No sé, alguien que me pedía si le podía dar algo.  Tardé un poco en reaccionar, y sin mirar siquiera, —de modo instintivo— metí la mano en un bolsillo y le di algunas monedas que llevaba, —ni mucho ni poco, lo que tenía—.  La memoria no me permite imaginar cómo era su voz, la de él o de ella, pero sí recuerdo que me dio las gracias y… sobre todo, aquello que me dijo:  
 
La Virgen te lo recompensará, en esta vida o en la otra, pero te lo tendrá en cuenta.  
 
        Se fue… me quedé paralizada, aturdida, y me puse a llorar, —allí mismo, en plena calle— sin saber porqué.  Como sin quererlo miré a un lado y entre lágrimas, vi que estaba junto a la capilla de la Virgen de La Piedad, o simplemente La Piedad —a secas—.  “La Piedad” como se la llama en su barrio:  “El Molinillo”.
 
        El barrio del Molinillo es bastante grande, es un barrio antiguo de Málaga:  sencillo, modesto, un barrio humilde, pero con vida propia.  En él hay de todo un poco:  mercado municipal, tiendas, colegio, jardines, bares, pero esencialmente es:  “el barrio de La Virgen de La Piedad”, donde tiene su casa, donde la adoran, donde más la quieren, donde vive su gente.
 
        Muchos pensaran que esto no fue más que pura casualidad, yo misma incluso tal vez lo consideré así en aquel momento.  Pero no,   —hoy sé que no— se que llegué allí porque tenía que ir… allí, a aquel sitio; allí, porque alguien guió mis pasos por ese camino; allí, porque fue allí donde tropecé con una persona, —justo allí— no en otro sitio. 
 
        Estando frente a La Piedad, sin pensarlo, me atreví a entrar.  Creedme si os digo que en realidad tampoco era plenamente consciente de qué estaba haciendo, pero algo me surgió de dentro diciéndome que esa era mi oportunidad, el último o el único asilo que podía encontrar.  
 
        Recuerdo que me senté en un banco —casi en la puerta—.  La capilla es muy pequeña, —apenas cuatro o cinco metros de largo— pero más lejos me de la imagen que había allí dentro me puse yo:  insegura, tal vez un poco prevenida, desorientada.  A los pocos instantes comencé a observar con detenimiento aquella imagen:  vi el semblante de su rostro, el ademán de sus manos, la profundidad de sus ojos, y esa expresión de agotamiento que me enterneció.  Y sentí el dolor de aquella madre con su hijo destrozado y recogido en su regazo.  El dolor de una madre tan triste y tan afligida, tan turbada y tan abatida, tan agotada por no poder hacer nada, tan…   —Tan en realidad como me sentía yo.
 
        Está claro que me vi reflejada en aquella figura, pero acerté a comprender que Ella era algo especial; comencé a percibir lo que me pareció una atracción irresistible y me sentí emocionada por eso.  Nunca… nunca antes había sentido una paz interior tan profunda, e incluso, a pesar de mi gran preocupación de aquel momento.  Así, lo que antes pensaba que era una adversidad insalvable, ahora se empezaba a convertir en un reto; una ocasión idónea en la que tendría que demostrar mi fortaleza; disponer de toda mi vitalidad; un motivo por el que a partir de aquel instante, ya no me volvería a permitir flaquear. 
 
        Tras unos meses llevando a cabo la medicación, y realizando el tratamiento que nos indicó el médico, volví para la siguiente cita que tenía reservada.  Nos atendió nuevamente el doctor, me preguntó cómo había ido, cómo estaba el niño.  Le expliqué, lo examinó, le hizo algunas pruebas… lo volvió a examinar, ¡y no encontró nada! lo que fuera se había esfumado, no quedaba rastro.  Me dijo, que estaba sorprendido, que ni se lo creía.  Yo no es que estuviera sorprendida, estaba feliz y asombrada, pero creer, sí que creía...  —Aunque era en otras cosas…
 
 
        Llegué a casa de mi madre para contarle, y me dio una pequeña charla acerca de las maravillas de la ciencia.  Creo que no presté demasiada atención y me fui de nuevo al Molinillo.  Estuve en la capilla de la Virgen largo rato —mucho tiempo— y me tuve que ir porque me echaron, porque era la hora cerrar al público.  Mientras tanto, estuve repasando lo que había sido mi vida antes y después de aquello.  Le di gracias a la Virgen por levantar mi ánimo, por cuidar y curar a mi hijo, y le prometí:  que iría a visitarla; a darle las gracias y a hablar con ella cada día; el resto de mi vida, hasta el día de hoy; hace veinte años y, en adelante, los que me queden. 
 
    Te doy gracias Virgen María y te canto una saeta, porque:
 
Solo hace falta una vez,
 
solo una.
 
Una, para guardarte en el corazón.
 
Una, para no olvidarte.
 
Una, para saber
 
lo mucho que puedo amarte.
 
 
 
—SAETA a la Virgen de las Angustias—
  
        Ya es Domingo de Ramos y me he levantado temprano, quiero que me dé tiempo a todo lo que tengo que hacer antes de ir a ver La Pollinica:  preparar el café, la comida, poner la lavadora, algo de plancha, el gato… 
 
¿Y el gato, María dónde está el gato?  ¡Uf!  Bueno, ya vendrá, aquí le dejo la comida.  ¡Qué bicho, no para!  
 
        Las niñas también están impacientes, no se están quietas, y al fin he conseguido arreglarlas:  las he bañado, peinado, vestido y… — ¡que estrenen algo, claro! 
 
        Ahora, en la plaza, la procesión ya está a punto de salir de la iglesia, veo al Nazareno, ya veo a Jesús sobre su montura.  Se le nota luminoso, radiante, aclamado por todos pero… también pienso en María, su madre.  Me la imagino exultante, alegre, emocionada de ver cómo su hijo entra triunfante en Jerusalén.  En este momento la percibo de una forma tal vez demasiado humana y… me parece sencillamente:  una madre satisfecha.  Una madre que ve cómo su esfuerzo y sus desvelos durante tantos días y tantas noches, para educar, formar, cuidar y guiar, se ven hoy retribuidos en la figura de su hijo, en su éxito que es también, —de alguna forma— el suyo propio.  
 
        Al salir de la iglesia he saludado a algunos vecinos y veo a lo lejos a Dolores con sus niñas.  Dolores, “Lola”—como a ella le gusta que la llamen— es una buena amiga.  Lola es una artista, ella es pintora…   —pintora de brocha gorda— pero de verdad que tiene arte, trabaja muy bien, cuida el detalle y le gusta recrearse en su trabajo.  
 
        Lola, está casada —veintitantos años hace— y tiene dos niñas.  Lleva su casa adelante y también trabaja fuera porque… ¡claro!, con el sueldo de su marido sólo no es suficiente, e incluso con lo que ella saca a veces tampoco llega, pero siempre se las apaña.  A Lola se la ve contenta, va con sus niñas que están preciosas, son muy guapas y van sencillas pero muy bien arregladas.  
 
 
 
        La pequeña tiene unos dieciséis y está haciendo bachillerato, y la mayor, veintidós o veintitrés años, —estudia medicina, está casi terminando la carrera— y es una estudiante increíble, va a curso por año y además con unas notas brillantísimas.  
 
        A Lola, le encantaría verla convertida en cirujana.  Ha visto muchas series de televisión:  House, Médico de Familia, Urgencias… no sé cuántas… ¡todas le gustan!  Y eso del quirófano; el equipo médico; los aparatos tan raros y… salvar vidas, encontrar el problema, diagnosticarlo y solucionarlo; le parece algo increíble, maravilloso… casi divino.  
 
        Pero Lola, hace algún tiempo que viene cargando con —lo que ella dice— una pequeña tristeza —aunque yo pienso que es algo más que pequeña—.  Lola habla con la gente, oye las noticias, comprende la situación actual y le preocupa que su hija no pueda encontrar trabajo, o incluso que para ello, se tenga que marchar fuera, a otro país con otra lengua, rodeada de gente extraña.  
 
¿Y si cayera enferma?, o ¿alguien la molestara o le hiciera daño?  — Esto… se le hace un mundo y la desmoraliza.  
 
        Sí… no está preparada para esto —lo reconoce, se le hace imposible— y por eso, este año, se ha propuesto  —le ha prometido a la Virgen de los Dolores— que irá de promesa, como siempre, pero de una manera aún más especial:  irá rezando todo el camino detrás de su trono, e irá descalza.  Lola, mira a su Virgen de los Dolores y se dice:  
 
¡Qué bonita es!  —La ve salir de la iglesia y…   — ¡Qué bien la llevan!  —Mira todas las flores en su trono y… ella aún pondría más.  
 
    Lola, rezará y conversará con Ella —con su Virgen Dolorosa— como una amiga íntima a la que abre su corazón; una amiga para la que no tiene secretos, con la que no muestra ningún complejo.  Le pide por el porvenir de su hija:  que encuentre trabajo, que tenga suerte y… si es posible, que sea algo aquí.  Si se tiene que ir fuera:  que le dé ánimo, que la haga fuerte.
 
    
        Lola, no es vanidosa pero se considera una persona capacitada, competente, conocedora de sus responsabilidades y hasta profesional pero… no necesariamente de la pintura, sino como ama de casa,        — sí— incluso como madre.  
 
        La pintura para Lola es su trabajo, lo valora altamente y complementa su persona, pero hay algunos momentos en los que siente que desbarata su relación íntima con —lo que de verdad es esencial para ella—:  su familia, su casa… sus hijas.
 
 Le ha costado,    —siempre hay alguna pejiguera— y se ha tenido que emplear a fondo.  Le ha dado igual si estaba cansada o enferma pero:  si en el colegio estaban con las vocales, ella ya iba por el abecedario completo; si tocaba sumar a dos cifras, ella con cuatro; y si ya les habían enseñado el Ave María, ella también La Salve. 
 
        Y es que Lola, no se plantea el trabajo doméstico como una opción, no considera que sea de segunda clase, y menos, —mucho menos— todo aquello que tiene que ver con la educación y la formación de los hijos.  Ya calcula que su opinión tal vez no estará seguramente dentro de…  “lo políticamente correcto” pero eso le da igual.  —“Genio y Figura”, que diría cualquiera—.  Para ella, María, La Virgen es su ejemplo, también como mujer y como madre.  El arquetipo de una persona con:  la inteligencia, el coraje y la disposición suficientes como para hacer de su hijo un modelo.  El mayor, y único modelo.
 
        El miércoles, ya a punto de salir las procesiones, Lola se saluda con Alberto.  Él ha venido, como siempre, a acompañar al Cautivo; ella con la promesa a su Dolorosa.  Han sido amigos desde chiquillos      —vivían en la misma calle, cerca del Solarillo— e iban juntos a la escuela.  En realidad, para Alberto siempre fue algo más que una amiga pero ella nunca pasó de ahí, tal vez porque lo conocía demasiado, tal vez porque era como un hermano, lo cierto es que nunca llegó lo que él hubiera esperado.
        
 
 
 
        Alberto es comerciante, viaja mucho por asuntos de trabajo, y tiene además una tienda grande en Vélez.  Aunque no llegó a estudiar ninguna carrera es un hombre formado, culto, lee y aprende todo lo que necesita.  Algunas veces, sin embargo, es… más bien tosco, incluso un poco primitivo, —diría yo— pero por el contrario, tiene un corazón que no le cabe en el pecho.
     
        A Lola, su presencia de hombre alto, delgado pero fuerte, erguido, con buen empaque —de alguna forma— le recuerda al Cautivo.  Probablemente esto es por pura y simple asociación de ideas, y es que tiene guardado, —como un pequeño tesoro— un papel de libreta ya ajado, amarillento por el paso de los años, con unos versos escritos por Alberto, —y que él le dio— dedicados —como no— a esa imagen poderosa, eterna, e inagotable del Cautivo; a quien él considera que le debe todo.  Se ve que fueron para algún trabajo escolar y no dejan de ser por ello unos versos sencillos pero… cuando Lola los oyó por primera vez le impactaron, la conmovieron, y los recuerda de memoria, casi a la perfección: 
  
Hoy es miércoles, Miércoles Santo.  Estoy en Cómpeta, estoy en el campo.
 
He salido de mi casa y he visto a lo lejos un almendro, desde la distancia me ha parecido muy blanco.
 
Me he acercado para verlo, y sus blancas flores que de lejos me parecían, de cerca tenían un rojo halo.
 
¡Como El Cautivo!  —he pensado.
 
         A lo lejos tan erguido, tan fuerte, tan frío, tan blanco.  
 
Pero… ¡Oh Jesús!  Como flor del almendro, tu cara y tu cuerpo 
 
finos hilos de sangre los han rociado.  
 
Y tus blancas vestiduras, en el suelo, pétalos tirados.
 
¿Quién eres Señor, que te siento tanto?  
 
¿Por qué a mí?, ¿por qué me has llamado?
 
Yo no soy nada; nada tengo; nada valgo.  Pero Tú me lo pides y yo lo hago.
 
Te he suplicado consuelo para mis penas, y me lo has dado; te he pedido que me guíes, y me has guiado; te he implorado piedad por mis muchos yerros, y me has perdonado.
 
Por eso Señor, ¡por eso te quiero tanto!  
 
Y aunque esté en el fin del mundo, aunque me vea arrastrando, 
 
¡Cautivo! 
 
Yo vendré a Cómpeta a verte, y a rezarte, cada Miércoles Santo.
 
        Lola se emociona con esto y casi se le saltan las lágrimas, pero es que también le duele que su amigo, —su buen amigo Alberto— esté sólo, que aún no haya encontrado a nadie con quien compartir su alegría y sus fatigas.  En realidad, él piensa lo mismo.  —Solo que él además… sabe porqué—.  
 
        Mientras tanto Alberto, en la plaza, apretujado contra una esquina ya está viendo salir a su Señor Cautivo, y a su Cristo de la Columna.  El Cautivo viene andando despacio sobre su trono de flores carmesí y arbotantes dorados.  La túnica de blanco raso, se arremolina ligera con la brisa y se ciñe sobre sus piernas, mostrando sus pies descalzos.  Tras la última campanada, cuando el trono se eleva, las potencias sobre su cabeza se agitan y…  Alberto, se imagina que quieren salir disparadas; como rayos encendidos dispuestos a arremeter contra quien… se atreva-a tocar-a ese hombre.  Pero no… se vuelven a quedar quietas.  Él sospecha que algo o alguien les hace que no se pueden mover de ahí o al menos, todavía no.  —Por ahora—
 
        El hilo conductor que Alberto percibe entre su Cristo Cautivo y después en La Columna, le hacen desplegar en su mente todo un relato —que ve como si fuera una película—.  Contempla a Jesús atado al poste; su hermosa y blanca túnica de raso, arrancada, tirada por los suelos.  Ahora el soldado, que está junto a Él, levanta un brazo y le deja caer, con todo el ímpetu que puede, un primer latigazo, de muchos más —Jesús se estremece…  Alberto, los va contando—:
 
Uno… dos… tres… cuatro… —hasta treinta y nueve.  
 
        A su alrededor el gentío ruidoso no para, gritan y hasta parece que les distraiga el espectáculo, pero conforme se van sumando golpes el murmullo se va apagando.  Se oye una vez más el silbido del látigo cortando el aire y… cómo este golpea y rasga la carne.  Lentamente se va imponiendo un cobarde silencio.  —Grasiento, espeso.  
 
¿Y si Este, es quien dice ser?  —Parece que se preguntan los que hay allí.
 
¿Y si es verdad que es El Hijo de Dios y…  Dios decide penarnos por esto?  
 
        Pero no… todo está quieto, no ocurre nada extraño.  No, no se han abierto ni la tierra, ni los cielos —si es que alguien esperaba esto—.  Y vuelve el murmullo, y el griterío de nuevo.  
 
        Así somos, —piensa Alberto— ante la injusticia nuestra conciencia nos hace temerosamente cobardes, pero mientras tanto, nos recreamos con el espectáculo, —si no pasa nada que nos espante— continuamos erre que erre y sin mover un dedo.  Decide que está claro que:  la capacidad humana para prever, y ver más allá de nuestras propias narices, no es una de las cualidades que más cultivemos. 
 
        Alberto tiene la cabeza dura, siempre ha antepuesto su trabajo a cualquier otra cosa —en particular, a los sentimientos—.  Así, nunca ha querido comprometerse con nadie; no quería estar atado a ninguna yunta.  Él es un alma libre, un autodidacta totalmente autónomo y autosuficiente… hasta ahora.  Hasta ahora en que se ha dado cuenta que todo eso tenía un precio.  Los años no perdonan, y si bien los días no se lo parecen tanto, sus noches ya las advierte demasiado largas.
 
        Sin embargo Alberto, desde hace algún tiempo, parece que ha visto una pequeña luz; una cosa tenue, discreta; pero es un punto que ve fijado en el horizonte a fin de cuentas.  —La luz que ve, se llama…Carmen. 
 
        Carmen, es una mujer bastante más joven que él —tiene treinta y tantos— y es viuda  —la carretera le robó a su marido—.  Hace mucho tiempo, alguien:  por imprudencia o por equivocación —ya da igual— lo dejó arrollado en el camino; y de paso, también a ella y a sus ilusiones.  Jamás ha reprochado nada a nadie —eso nunca la ha confortado— y ha vivido para su trabajo, para ayudar a sus padres y para cuatro pequeños entretenimientos que la mantienen ocupada.  
 
        A ella, entre otras cosas, le encantan los arreglos florales y siempre se presta a embellecer cualquiera de los pasos que van a salir en procesión.  Carmen, es una ferviente devota de Nuestro Padre Jesús Nazareno y desde hace… ella sabe exactamente cuánto tiempo, siempre, siempre hay una flor especial, inconfundible, —pero sólo una— puesta sobre el esplendoroso dorado del trono de su Señor con la cruz a cuestas.  —Y ella, conoce el motivo…
 
 
    El Jueves Santo, cuando salga Nuestro Padre Jesús Nazareno, Carmen estará allí, al pie esperando.  Cuando los portadores levanten el trono… llorará, —no lo puede evitar— desconsoladamente.  Llorará con toda amargura, pero tiene que estar allí; le duele en lo más hondo, pero no se puede ir.  —Sí…— su marido llevaba ese Cristo a hombros, fue portador durante muchos años, ella lo recuerda:  tan joven, tan espigado, tan apuesto.  Y en su memoria resonarán las estrofas de una saeta que él le cantaba —junto a ella, en privado— a su Cristo Nazareno.
 
 
—SAETA a Nuestro Padre Jesús Nazareno—
  
        Pero la vida es una rueda y sigue, sigue, y sigue girando, lo que antes le parecía bien a Carmen, ahora le viene largo y también se empieza a sentir sola, —demasiado sola—.  Conoció a Alberto hace unos meses en una reunión familiar, ella es amiga de una prima de él, —Encarna— y oye… ¡le gustó ese tío tan alto, tan misterioso y que además, le pareció guapo!  Y lo que decía, y cómo lo contaba, y lo bien que se explicaba (…y eso que todavía no ha leído los versos de Alberto al Cautivo…  Bueno igual está por aquí y los ha oído, no sé…) pero la cosa es que se han visto un par de veces más y aunque le ha caído muy bien, ella no va a insinuar nada.  — ¡Está claro, no faltaría más!
 
        La última vez que se vieron, hace unos días también en casa de Encarna para una comida familiar, Alberto se dio de narices con lo que para él fue:  “la prueba del algodón” —no había que buscar más—    Tras un rato de charla y de risas entre familiares y amigos llegó la hora de comer.
     
        En casa de Encarna se guarda el precepto y en tiempo de Cuaresma, los viernes:  no hay carne.  El menú… —el que tenía su abuela, luego siguió su madre y ahora continua ella—:  potaje de garbanzos con bacalao; tortilla… de bacalao; buñuelos… de bacalao; ensalá de papas cocidas con naranja y… bacalao; y unas tajás de bacalao frito que había que cortar de lao porque si no, si no es que no cabían en la boca.  Si hay algo en esta vida que le guste para comer a Alberto, por supuesto… es bacalao.  Su desayuno perfecto:  café, una rebaná de pan con aceite… y bacalao.  Así el hombre no sabía dónde pinchar primero, y todo eran piropos:  
 
¡Encarna, esto está pa quearse a vivir aquí!, ¡yo es que no me voy!, ¡qué arte tienes guisando prima!, ¡y qué bueno está esto!, ¡y lo otro!, y… —Alberto, es que se pone a echar flores y es hasta empalagoso—.  Hasta que Encarna le dijo:  
 
Alberto, la comida la ha hecho Carmen, no yo; la mujer lleva aquí toda la mañana.  
 
    Al pobre, se le cortó toda la retahíla, ahora ya le daba apuro y terminó con un:  
 
Enhorabuena Carmen, está todo perfecto, buenísimo… 
 
    Un poco soso, le pareció a Carmen… pero bueno.  De todos modos, la chispa ya se había encendido, y no sólo se habían dado cuenta ellos.
 
        Carmen y Encarna siguieron hablando de sus cosas y Encarna, como siempre, saldrá acompañando a María Magdalena.  El Viernes Santo estará esperando impaciente para verla —su imagen que siente tan serena—.  Le rezará una oración y depositará con sus manos un beso sobre el cajillo de su trono.  Le admira la figura de esta mujer:  la absoluta fidelidad a Jesús; su tarea como discípula suya; presente al pie de la cruz; acompañándole en El Calvario; después, junto a su tumba; y cómo no… la primera en reconocer a Cristo resucitado.     
 
        Ella, está llorando ante el sepulcro vacio porque le han quitado el cuerpo de su Señor y no sabe dónde está.  Jesús resucitado le dice:  
 
“Mujer, ¿por qué lloras?”  — Y es a ella, a quien encomienda el anuncio de la resurrección.  
 
        Cuando oye o lee este pasaje, a Encarna se le pone el vello de punta.  Santa María Magdalena es todo un ejemplo de vida para ella, la mujer cuyas cualidades quiere cultivar para sí misma y que le gustaría transmitir a los demás:  Devoción, Amor y Lealtad.  — ¡Qué grandes virtudes!
 
        Carmen, por su parte, irá rezando delante de La Soledad, —es su Virgen— se asocia con ella y piensa que quiere darle consuelo, quiere aliviar su pena y acompañarla en su desamparo.  Pero Carmen, no siente ni hace esto sólo por su Virgen de la Soledad; Carmen da compañía y apoyo a otra gente, ella se vuelca en los demás cuando ve lo que tanto miedo le da, sobre todo últimamente:  la soledad.  Carmen irá con su soledad… acompañando a la Virgen de La Soledad.  Delante de su trono irá caminando despacio junto a todas las almas que la custodian y sienten lo mismo que ella; quieren lo mismo que ella; sufren lo mismo que ella.  Porque son muchas vidas que van juntas pero… un solo alma, y se unen en un único anhelo.
 
 Carmen, ira rezando El Rosario y… repitiendo su propia oración, que parece una poesía, —¡es una poesía!— que aprendió de pequeña:
 
Soledad de negro y oro, Soledad.
 
Soledad de Viernes Santo, Soledad.
 
En los pliegues de tu manto
 
se te parten de quebranto
 
alma, vida y voluntad.
 
 
Cuando digo que soy tuya, Soledad,
 
es que al verte me embeleso, Soledad.
 
Es que al verte me embeleso
 
y al decírtelo no expreso
 
la mitad de la mitad.
 
 
Que llorar como Tú lloras, Soledad,
 
nadie llora en este mundo, Soledad.
 
Nadie llora en este mundo
 
con un gesto tan profundo
 
de dolor y dignidad.
 
 
Los varales te sostienen, Soledad
 
y te besa la saeta, Soledad.
 
Y te besa la saeta
 
esa limpia violeta
 
de tu duelo en libertad.
 
 
¡Árboles de la Alameda, contemplad!
 
Y a los parques de la Gloria, avisad.
 
¡Que Cómpeta tiene una Reina,
 
que paseando en su trono va!
 
y se llama:  ¡SOLEDAD, SOLEDAD, SOLEDAD!
 
        Al fondo, en la tercera fila de varales del trono… —del Cristo Crucificado— va Juan.  
 
        El Viernes Santo, en la procesión, Juan lleva el hombro metido ¡empujando con fuerza al madero!, y la cara… pegá al varal.  En su vida diaria, lo más que ha empujado ha sido una botella y… la cara, también la lleva pegá, pero a un cristal.  El de un vaso de vino, o de lo que sea —que a su salud ahora le da igual, hace ya demasiado tiempo que se lo advirtió—.  
 
        Juan, lo hubiera tenido todo:  mujer, hijos, amigos, trabajo y hacienda, pero por su mala cabeza se ve solo y… las más veces, menospreciado.  Ha perdido en todas las batallas que ha estado,       —incluso a las que no ha ido— pero ahora está decidido a ganar esta guerra; la guerra más cruenta; la de su propia vida; contra sí mismo.  Y después de darse de modo autocomplaciente por muerto y por enterrao está dispuesto a resucitar, y no va a esperar ni si quiera a la otra vida.  — ¡Que eso ya vendrá!  Está firmemente dispuesto a que sea en esta, aquí y ahora, este mismo Viernes Santo.  
 
        Él sabe que es demasiado tarde, que no va a llegar muy lejos, ya no le quedan… recorrido, ni fuerzas suficientes para intentarlo, pero va a hacer que el campo rojo de flores ensangrentadas bajo la cruz de su Cristo Crucificao le envuelva, y se convierta en su bandera; con cuatro cirios grana que lo apuntalen; y la cruz... —La cruz hace ya mucho tiempo que la lleva.
 
        Ya no podrá arreglar todo lo que rompió, ni abrir de nuevo lo que cerró, ni encender lo que se apagó; y aunque, no volverá como el hijo pródigo de su padre aquí en la tierra, lo procurará en un último esfuerzo, con su Padre de allá en el Cielo.
 
        Llevando el trono de su Crucificao soportará el peso que se reparte entre todos.  El lastre de su vida, —o mejor dicho… de su mala vida—lo acarrea él solo.  Pero saca fuerzas de donde no las hay, ¡levanta ese trono al cielo! y se mantiene derecho, como una vela, meciendo el varal de su Cristo moreno y… —mientras lo hace— habla con él, le está diciendo:
 
Yo no pida ná.  Yo, no quiero ná.
 
Ya bastante que mes has dao,
 
y agradezco tu justicia y tu bondad,
 
mi Jesús Crucificao,
 
mi Jesús, de la Verdad.
 
Cuando llegue el Viernes Santo
 
a tu vera quiero estar
 
pa que veas a un hombre honesto
 
con valor y voluntad,
 
que arrastrando estas cadenas
 
que me atan y me queman,
 
es a Ti a quien le implora:
 
 su perdón… y tu piedad.
 
 
        Viernes Santo, El Sepulcro ya está saliendo.  La cálida noche se cierra sobre una piña de almas enlutadas y temerosas que se agolpan allí, en silencio; de duelo alrededor del trono.  —Entre ellas… la de Antonio.
 
        Hace algún tiempo que murió su hijo, —de cáncer— tenía veintiún años y la enfermedad lo consumió, por fuera y por dentro, lo dejó en los huesos.  Él se gastó todo lo que tenía en médicos, en boticas y ungüentos; y si le hubiera dado tiempo, habría empleado aún más.  Para nada… porque lo único que consiguieron fue alargar más su agonía, y el día que murió, casi que se sintió aliviado por dejar de verlo padecer.  
 
        El Santo Sepulcro ya se va calle abajo y…  Antonio detrás, mientras mira melancólico el féretro de profundo color nogal del Cristo Yacente.  Allí, está inerte su blanco cuerpo que se ve tan nítido, tan sereno, simplemente dormido.  Como si fuera su hijo:  se acercaría para arroparlo, que no pase frío; para besar su frente; para mirarlo, decirle hasta mañana y… —sufre—.  —Sí, es doloroso— pero no concibe que un padre pueda estar hecho… para andar enterrando hijos.  —No, no lo entiende.
 
        A él, que siempre le faltaba tiempo para sus cosas le sobra todo el que tiene ahora, y se pregunta, porqué la vida le habrá cogido tanto cariño, porqué no le abandona de una vez, — ¡total, para qué!  Pero no todo en él es desconsuelo —su fe lo rescata—.  Sabe que el que está ahí, en la Sagrada Cripta, todo lo puede; porque es el Señor de todas las horas; de todos los tiempos; el que resucitó al tercer día.  Así, habrá debido tener en cuenta a su hijo, —¡que era tan cariñoso y tan bueno!— y seguro que lo tendrá en la Gloria, a su derecha, como él también desearía estar cuando por fin le llegue su momento.
 
        Jesús había muerto, pero ha vuelto; se había ido, pero ha venido de nuevo; creíamos que todo había acabado pero… no ha hecho más que empezar.  Conscientes somos que nuestro final será la muerte pero, gracias a la fe, también creemos que la muerte, no es nuestro final.
 
        Amar, Morir, Resucitar.  Son como tres movimientos crecientes de la Semana Santa.  Tres realidades que —sin duda— son las más importantes en la vida de cada persona —de cualquier persona—. 
 
        Amar.  El verbo más conjugado de la historia — ¡lo sabéis, claro!  Las personas estamos sedientas de amor.  Cuando lo encontramos y cuando lo damos, somos felices.  Pero amar como Jesús con su medida y con su finalidad, no, no… para nada, no es fácil.  Amar como Él amó supone:  negarse, olvidarse, vencerse, abandonarse, entregarse.  Amar, como amó Jesús, entraña considerar de verdad a las personas, —a todas las personas— como hermanos, y estar dispuesto a compartir con ellos lo que tenemos —todo lo que tenemos—.
 
        Está claro que no, no… no es fácil amar así.  Y por eso no lo hacemos.  No lo hacen las personas en general y no lo hacemos tampoco, —evidentemente— los cristianos.  Por eso, fácilmente, no terminamos de entender la Semana Santa, nos perdemos algo   —algo esencial— lo verdaderamente importante.  Pero ojalá que esta Semana Santa seamos capaces de dejar que la gracia de Dios penetre en nuestro interior, y así, estemos dispuestos para amar al hermano; de manera especial al que sufre; viviendo, de ese modo, el auténtico espíritu de nuestra fe, que no es otro más que:  La Caridad. 
 
        Morir.  ¡Qué difícil!  Y, sin embargo, la muerte está ahí, dispuesta a acudir puntualmente a la cita.  No, no… no queremos saber nada de ella.  Viéndonos, también nosotros mismos podríamos pensar:  ¡qué terrible una muerte sin respuesta!, ¡qué angustia la de una muerte sin retorno!, ¡qué cruel una muerte sin victoria!  
      
        Contemplando el modo de vida de los hombres, —quizá también el nuestro— cabría preguntarse:  ¿Qué espera la humanidad persiguiendo tan ansiosamente el poder, el dinero y la gloria?, ¿está ahí la meta anhelada, el fin último, la aspiración máxima…?  ¿Qué pensamos de la muerte?  No, no es fácil aprender a morir, —tal vez alguien nos debería enseñar— sin embargo, debiéramos esforzarnos por dar —a la vista de la muerte— hondura y categoría a nuestra vida, impulso cristiano y trascendencia a nuestro existir. 
 
        Y… resucitar.  Es la última palabra más allá de la muerte.  El triunfo, la gloria y la alegría.  Jesús, venciendo el miedo, el dolor, la angustia.  Toda esa incógnita que se alza perturbadora ante la mente humana.  Su triunfo es el nuestro.  
 
        Pero… ¿de verdad lo creemos así los cristianos?  Quizá en el fondo de nuestro ser sí lo creemos.  Nos falta avivar esa fe; hacerla una realidad cotidiana; ponerla de relieve al enfocar nuestra vida, al acercarnos a los otros, al vivir con ellos.
 
 Tenemos que intentar resucitar cada día en un esfuerzo permanente por dar a nuestra existencia, un tono y un estilo, en el que se reconozca inmediatamente a Cristo, cuyo final, no fue la Cruz, sino la Luz, la Nueva Vida.  ¡Cristo Vive!  
 
 
El Domingo de Resurrección 
 
nos estará esperando ahí fuera.
 
Corto nos viene el camino.
 
¡Qué lenta se hace la espera!
 
pa llevarte en tu trono Señor,
 
¡que te vea Cómpeta entera!
 
Resucitao sobre flores blancas
 
que iluminas las primaveras.
 
Estamos aquí a tus pies
 
pa seguirte adonde quieras.
 
Tú das vida a estos campos mi Dios,
 
Tú eres la sal de esta tierra.
 
Campos que vamos labrando
 
esperando una nueva cosecha.
 
Viñas que ya están brotando,
 
espigas de trigo que siguen de cerca.
 
Uvas y vino; trigo y harina,
 
pondremos después en tu mesa.
 
Y en la calle… ¡alegría!
 
Atrás se quedaron las penas.
 
Desde Sarja a Malacapa,  
 
de Montealegre, a Las Esparragueras,
 
La Cuesta, Benamayor y La Platera,
 
Barranco de la Casilla, El Cerro y La Casa Mena,
 
nuestros campos se llenan de flores;
 
nuestros corazones de fe ya se llenan.
 
¡Porque Cristo ha venido señores!
 
¡Ahí está…!  ¡Nos espera!
 
He dicho.
 
 
En Cómpeta, un veintiocho de marzo del año 2015.
 
Inmaculada González Gutiérrez
 
 
 
 

Octavio L.R.

Octavio López Ruiz

C/ Rampa, 2
29754 Cómpeta (Málaga)
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25/03/2003

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