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Pregón Cándido Fernández Doña. 1996

RECUERDOS DE MIS SEMANAS SANTAS EN COMPETA
 
Muestra de toda una rica, devota y entrañable religiosidad
popular , con otras estampas y vivencias competeñas, a modo
de pregón.
                                    
 
Cándido Fernández Doña
 
Reverendo Párroco D. Jesús, Sres. Hermanos Mayores y
Miembros de las Cofradías, queridas y queridos paisanos
y amigos todos de Cómpeta:
 
Ante todo deseo agradecerles la oportunidad de estar hoy aquí, en la casa de Dios, para contar algunos de mis mejores recuerdos de nuestras raíces cristianas y reflexionar durante unos minutos, en voz alta, sobre su benéfica influencia a nivel personal y colectivo en nuestro pueblo, pese a las sombras que también pudiese haber, todo ello visto desde el eje que supone el acontecimiento que en los próximos días nos disponemos a celebrar y vivir, y que es uno de los grandes pilares de nuestro sentir religioso: la SEMANA SANTA. Es para mí un gran Honor.
 
Deseo igualmente disculpen si mi discurso peca de personalista e intimista, o si en determinados aspectos no llegara o se pasase de crítico, molestando a la sensibilidad de alguna persona o institución, miembros de otras confesiones religiosas u otras ideologías, entre quienes conocemos muy buena gente y tenemos amigos; se trata de valorar lo nuestro con orgullo, pero sin vanagloriarnos ante el resto de ideas, creencias y culturas.
 
Asimismo me voy a permitir hacer un canto moderado y no una vehemente exaltación de los aspectos folklóricos y teatrales de nuestra Semana Santa, las procesiones, cuya conversión en espectáculo turístico, abanderado y patrocinado por los correspondientes departamentos municipales, de cualquier ideología, no comparto. Afortunadamente en estos rincones y pueblos más pequeños y de profundo calado religioso, aún estamos algo libres, aunque no del todo, del negocio semanasantero. Naturalmente, aún desvirtuada por el reclamo turístico, también cumpliría su función difusora y divulgadora de la fe; recuerdo  a un compañero sevillano, hombre ateo e irreverente donde los haya: un día le preguntaron en tono algo jocoso por ese Cristo que allí llaman “El Cachorro”; su respuesta fue rápida, sentida y contundente: “a ese no se toca; para mí verlo pasar es lo más grande”.
 
Así pues, me propongo contar principalmente los aspectos espirituales y culturales que hemos vivido y nos han dejado huella en el seno de nuestros hogares y comunidad cristiana competeña. Tal vez mi canto pueda parecer solo una añoranza de tiempos y cosas pasadas, aquello de “cualquier tiempo pasado fue mejor” mas no es esa mi intención, máxime cuando muchas tradiciones que mencionaré siguen aún vigentes y sin duda serán rescatadas y salvaguardadas por los historiadores y estudiosos del pueblo de Cómpeta y de la comarca axárquica.
 
Finalmente, para acabar este preámbulo deseo expresar mi reconocimiento a quienes dedicando lo mejor de su tiempo hacen posible la puesta a punto de la Iglesia y de las imágenes y tronos. Que Dios les permita y anime a hacerlo muchos años.
 
No podemos iniciar el Domingo de Ramos sin echar una ojeada por la aún fría segunda mitad del invierno: el miércoles de ceniza y aún más atrás en el calendario, San Blas. He aquí uno de los primeros recuerdos religiosos de mi niñez en Cómpeta.¡Qué lindas y aromáticas rosquillas atadas con azul lazo y envueltas en blanco mantel con las puntas cogidas por imperdibles! El lazo y la medalla bendecidos irían luego alrededor de la garganta que el Venerable Santo habría de proteger. Luego de la bendición a comer las rosquillas sin que cayese migaja  del pan bendito. Aquél día se estaba menos rato en la escuela –qué ilusión- pero entrabas de forma lúdica e inocente a la casa de Dios, donde tan buenas orientaciones luego recibirías.
 
El miércoles de ceniza también solía hacer frío, algunos años hasta con nieve los recuerdo; la ceremonia era ya más seria y trascendente en su mensaje: “Acuérdate hombre de que eres polvo…” ahora ya no había el colorido de los manteles, rosquillas y lazos, e incluso cuando eras algo menos niño presagiabas algo trágico en la liturgia próxima; sin embargo, la alegría de aquellos pequeñuelos inundaba el templo y el acto de tomar la ceniza se convertía de nuevo en otra estampa más de un álbum que nos iría dejando cultura religiosa y recuerdos entrañables para siempre.
 
Pero no toda la Cuaresma se reducía a esos dos pintorescos actos; una vez cada semana era viernes, día de abstinencia. ¡Cuán ricas las gachas con cuzcurrones fritos, rociadas con miel de caña o de abeja, o regadas con azucarada y tibia leche, y acompañadas de bacalaillo asado o no; gachas con el aroma del humo de sarmientos con algún que otro ceporro metido en el fogón, guisadas en sartén toda cubierta de tizne exteriormente, que luego de caliente, mostraba destellos chispeantes como si de estrellas del cielo se tratasen.
 
Había muchos más platos exentos de carne para tales ocasiones; aquella gastronomía  tradicional del pueblo era bastante vegetariana, y no siempre por hambre o escasez, que abundaban las casas con corral y gallinas, conejos, cerdo y cabra, sino más bien por la austeridad de las familias, convencidas de las excelencias y virtudes de la dieta que hoy día se promueve desde los estamentos sanitarios con la afortunada denominación de “Mediterránea”. Gran sabiduría la del viejo campesinado de nuestro pueblo, que no comía carne los viernes de cuaresma y el resto del año lo hacía con moderación. Abstinencia y Austeridad: he aquí dos tonterías para nuestras mentalidades consumistas, o al menos para las que se pretende imponernos desde los medios de comunicación, pero he aquí también dos magníficos ejercicios para entrenar la fortaleza del espíritu, alma y cuerpo, así como el desarrollar la capacidad para decir NO que tanta falta hace a nuestros jóvenes si desean autoprotegerse de los actuales enemigos del alma y del cuerpo: drogas, alcoholismo, ludopatías, sida, tele adicción, bulimias, promiscuidad…
 
La segunda mitad del invierno también ofrecía las primeras hortalizas de los bancales y abundancia de yerbas comestibles: hinojos, collejas, pan de pobre, lechuguicas, serrajas, ajoporros… verdaderos silvestre manjares una vez cocinadas por aquellas sabias manos de nuestras madres, como el potaje de hinojos o la tortilla de collejas  que aún recuerdo en el momento de ser cortadas con navaja por las rudas manos de mi padre, muy limpias, pero aún oliendo a yerba; manos endurecidas por el azadón y que aún no sabían envenenar la frondosidad y exhuberancia de nuestra fértil y quebrada tierra, y así, las orillas de los bancales eran ricas en tiernísimas collejas, y en Enero, en algunas más umbrías, escondían abundancia de olorosas y sutiles violetas.
 
Pero nuestro relato cuaresmal no se puede olvidar de las actividades vespertinas en la Iglesia: novenas, triduos… y en particular el Septenario dedicado a la Virgen de los Dolores, antes con aquella imagen más primitiva, humilde y sencilla, y más tarde restaurada y guapa, pero siempre la nuestra. Ya la gente menuda no asistíamos en masa a estos actos, pero algunos acompañábamos a nuestra madre, o nos quedábamos jugando mientras en la plaza. Aquellos niños aún no recibíamos opio por la televisión ni tantos y largos deberes colegiales como ahora; no entendíamos nada de lo que allí se rezaba o decía, en los primeros años que recuerdo, en Latín, pasándonos el rato paseando de acá para allá con la mirada, tal vez distrayendo incluso a los mayores, pero íbamos tomando contacto con el hecho religioso, íbamos empezando a saber estar y guardar la compostura ante la Asamblea, desarrollando una incipiente capacidad de sacrificio, algo así como una leve imitación de Aquél que llevaron a la Cruz.
 
Claro que todo no era sacrificio. Las canciones (coplas) del Septenario embelesaban a aquellos niños en boca de las más bellas voces de entre las mozuelas y señoras del pueblo: las boticarias, las de Villa, las zapateras, Carmen Ramos…y el impetuoso toque sentido con tanto entusiasmo de nuestro Manolo, a quién siempre conocimos su entrega en lo religioso, su rapada cabellera y su tosca y fuerte voz, y el olor a incienso superponiéndose  al aroma de la cera y a la suavísima tímida y discreta cosmética femenina.
 
Aquellas ceremonias tenían, claro está, momentos de alto recogimiento, incluso para un niño, el máximo a la hora de alzar el Santísimo, de la bendición con la custodia y la Sagrada Forma ¡qué silencio, apenas roto por el oscilar del incensario en manos de un monaguillo! ¡cuántas voces calladas en medio de aquella quietud elevando sus peticiones y sus acciones de gracias al Altísimo!
 
En algunas cuaresmas visitaban el pueblo los llamados “misioneros”; la liturgia era similar, pero aumentando el nivel de las predicaciones, pues eran sacerdotes de gran vocación y grandes dotes oratorias. Los mayores decían “ esto sí que son sermones”, “me recuerdan al cura D. fulano…”  La misión suponía una profundización en la vida espiritual de la Parroquia, en aquellos años puede que cargando demasiado las tintas sobre el Cielo y el Infierno, aquello de que la Muerte nos coja preparados, pero que duda cabe que aportando buenas pautas de vida a la feligresía, ayudándoles a llevar una vida digna y ordenada, que de alguna manera podría evitar infiernos prematuros, es decir infiernos en la vida, infiernos cuya existencia está más demostrada por la experiencia que otros más lejanos.
 
Por último mencionaré uno de los actos finales y centrales de la Cuaresma: la Confesión o Sacramento de la Penitencia, algo temido por el niño, más por el adolescente y aún más por el adulto. La oscuridad del confesionario, de la vestimenta sacerdotal, solo rota por el blanco del roquete y el morado de la estola, el esfuerzo del examen de conciencia y el temor a contar lo que solía ser motivo de vergüenza, convertían en poco grato aquél acto, y puede que así nos lo siga pareciendo, a juzgar por las estadísticas de participación colectivas y personales, pero sin duda, tras la confesión solía acrecentarse en gran medida la Paz del alma. Sería la gracia de Dios, sería autosugestión, sería lo que fuera, pero cuanta paz para la mente, e incluso cuanto bien para la colectividad el saber cada cual antes de cometer una mala acción que luego tendría que pasar por el Tribunal de la Penitencia para no  ser señalado por el dedo de esa misma comunidad. ¡Cuán arcaicos nos parecen a muchos estos métodos y cuántos les podrán achacar de control y pérdida de libertades individuales, pero indudablemente el conocimiento de unos y otros en estas sociedades pequeñas evitaba lacras y delincuencias que ahora, entre la pérdida del temor de Dios y la facilidad para el acceso y para la huida que permiten los modernos medios de comunicación y transporte, hemos todos de soportar, en particular las grandes ciudades. Es posible que muchos tachen tales procedimientos  morales de intolerantes, pero puede que no haya mayor tolerancia que en la Doctrina de Jesús, donde siempre se nos exhorta  a perdonar al hermano. ¿Qué Religión da más en eso? ¿Quién no recuerda aquello de la inmensa alegría en el Cielo por un solo pecador que se arrepienta?
 
 
ES EL DOMINGO DE RAMOS, 
 
Un niño se lava ayudado por su madre, en la cocina, en una palangana de porcelana algo desconchada, cerca de la chimenea, aún con llamas y rescoldos de haber calentado el agua. Por la ventana entra una esplendorosa luz primaveral, trinos de golondrinas y otros pajarillos, y los toques de campanas llamando a Misa, hoy con más alegre sonido. Fuera, muchos aromas de la nueva estación, y los habituales bajados de la sierra: pino, tomillo, romero… saturan el aire del inmenso cielo azul que hoy tiene un cálido frescor. Luego de lavarse, a estrenar la ropa nueva. Rápido hacia el Sanantón, donde se celebra la bendición de los ramos de olivo, y a continuación acompañando a la borriquita desde aquella su ermita hasta la Iglesia en la plaza. La Misa con un murmullo de fondo de ramillos de olivo movidos sin cesar por chiquillos jubilosos y de inquietas manos. Larga lectura de la Pasión y corto sermón. Alegría, hoy es Domingo de Ramos. Toque de campanas anunciando el comienzo de la procesión. Ya bajan dos ciriales, ya se organizan de nuevo las filas, va creciendo el alborozo de los pequeños, que en cada parada salen y entran de la formación, o avanzan por ella hacia atrás o adelante ¡ay si no fueseis como niños, cómo ibais a entrar en el Reino de los Cielos!
                                   Mucho blanco en nuestras calles  
                                   ¡qué recortes, qué cenefas!
                                   enseñan los escalones
                                   limpísimos que azulean
                                   Aquél brilla mucho más                                   
                                   allí viven tres mozuelas 
 
Más allá de la casa del maestro Juan, veterano herrero de la localidad, las casas dejan paso al olivar; ahora la gente menuda sube y baja  por entre la arboleda, se anda el camino varias veces –qué mas da, si hoy la alegría no tiene límites, y al final, la comitiva vuelve a acompañar a la borriquita hasta su ermita. El blanco trono decorado con dorados y el colorido de la imagen de Cristo sentado en el rucio lucen ahora todavía más con la luz del medio día. Cierran la procesión las autoridades locales portando tiernas amarillas y ondulantes palmas, destacando en el grupo el traje de gala que viste el Sargento de la Guardia Civil. Son los tiempos del llamado nacionalcatolicismo, con sus exageraciones, sin duda, pero que hermoso el buen entendimiento entre los poderes y las creencias.
 
Hoy con la ropa nueva no es aconsejable  irnos a la resculá, situada detrás de la parva; en otro momento será y ocasión habrá de salir con el pantaloncillo rajado y los calcetines embarrados en las caídas al bancal de “apargaticas” justo debajo. La mañana se terminará gastando unas pocas pesetillas por la plaza, y la tarde recorriendo de nuevo la calle San Antonio por entre las parejas de novios cogidos de la mano,  crujiendo el fruto seco que Eusebio porta en su canasto pregonando, “pipas de girasol. No mantienen pero entretienen”. A las siete, tras largo rato en la cola para acceder a la taquilla y elegir entre las filas aún libres ofertadas por la simpática Mª Teresa, y pasada la puerta que férreamente custodia Placidillo Soledá, el arte de Lola Flores, Manolo Escobar, Antonio Molina, Marisol…o tantos otros que nos alegraron esos años, solo interrumpido por los ires y venires de Antoñito y su  linterna , el chico de las pipas y gaseosas, o algún que otro corte de la película seguido de sonorísima pitada, pondrán al Domingo de Ramos de aquellos niños su broche final.
 
 
ENTRE LUNES Y MIERCOLES SANTO.-
 
Entonces no había procesiones hasta el Jueves Santo. La vida en el pueblo refleja una casi total normalidad; cada mañana suben la empedrada rampa las motos de los “pescaores” que estos días no disponen de niños en las escuelas para empujarlas si no pueden con su peso en tan empinada cuesta. Más arriba, minutos después los mostradores de piedra artificial lucirán el fresquísimo producto de la mar. ¡fresco, vivo! Antonio, dame calamares, Domingo, un cuarto de almejas, Pepe ¡cuánto valen los boquerones?  vociferan los vendedores y el grande e impaciente bullicio mujeril de alrededor. Niño llégate a por dos onzas de carne  de cabra para el puchero. En la oficina, Pepe el jorobaillo liquida recibos y arbitrios municipales o coloca la placa de matrícula a la bicicleta de un muchacho. Saliendo del mercado, a la derecha, la original y esbelta torre de la Iglesia cubierta de ladrillo y azulejo arriba. Unos metros más allá, niño, vamos a entrar a hacer una visita al Señor, dice mi madre –y de no decirlo, el niño acabará yendo a ver que se cuece en esos días por el templo-. Aquello es un hervidero de cofrades y gente preparando los tronos y el Monumento, con muchos niños deambulando de trono en trono, a veces resolviendo a codazos o mayores quién coge un sitio debajo de los tronos vacíos en su traslado desde las ermitas en que se guardan el resto del año hasta la Iglesia, niños que acudirán veloces para acarrear las macetas de pilistras o aureolas que adornen el Altar mayor y el Monumento desde la casa de Mercedes Lara u otras casas ricas en patios y macetas. Cuando no tengan otra cosa por hacer, probarán su fuerza levantando las baterías que iluminarán los tronos, tras el cancel, en el suelo, muy cerca de la pila del agua bendita de la entrada derecha, o incluso atreviéndose a levantar los tronos, no importa si ya tienen el Santo encima, lo que le da aún más emoción. Los cofrades trabajan a destajo: Sebastián Páez y Pepe Alfonso, siempre preparando a su Virgen de los Dolores; el viejo Tejeiro con las Angustias que antaño un pariente suyo residente en África enviara; los del Niño Pilar con “Nuestro Padre Jesús” y muchas veces encaramado en el trono Aurelio el de la luz reparando y probando los contactos y bombillitas de la enorme Cruz; el Cano el Sordo adornando el trono del impresionante Santo Cristo, esculpido por artista competeño y familiar suyo, sin olvidarnos de la Magdalena, cuyo trono servía de escuela al muchacho costalero, al ser el primero que podíamos levantar, dado su pequeño tamaño y reducido peso.
 
Y si la Iglesia rebosa actividad, la casa y la cocina en particular no se quedan a la zaga; ya se preparan algunos platos propios de esta fiesta, que luego no habrá tiempo el Jueves  Santo. Ya huele a masa de los roscos de huevo. Mamá deja que te ayude. Niño, no que te manchas. Después a humo de finísimo aceite de la tierra. Los rosquillos chirrían en la sartén y un gran plato se va colmando poco a poco, mientras la casa destila el aroma de la dulce fritura que trasciende hasta la calle anunciando el exquisito guiso a las vecinas. En muchas casas del pueblo se espera con impaciencia la llegada del padre y marido que se encuentra trabajando en las “cañas”
 
                 Papá vuelve del duro trabajo de las cañas
                 desatará un hacecillo, dulces, jugosas, muy blancas
                 bicicleta este año a lo mejor nos traiga
                 piensan con impaciencia los pequeños de la casa.
                 Rebosante de ilusión, la esposa aguarda
                 al coche largo que por  don Lucas pronto asomara,
                 más lejos  marcharon otros, a Barcelona, a Alemania
                 ¿Ha venido de Jaén tu papá en esta mañana?
                 Sí, primo, bien de salud. No repetirá su marcha.
                 Mi padre hoy me traerá, en el serón de su jaca
                 fresquitas de Montalegre, dos saquillos de naranjas.
 
 
YA ES JUEVES SANTO
 
Mientras en la Iglesia se dan los últimos retoques , por las casas se reparten todavía las  velas y el coro prosigue sus ensayos para las siete palabras del viernes, en la cocina de casa la actividad es ya febril, preparando el menú tradicional del día. El potaje de garbanzos con bacalao cuece desde media mañana en roja olla de porcelana de San Ignacio; el poderoso tiro de la chimenea no dejará apreciar su aroma dentro de casa hasta apartarlo, excepto el que derrame cada cucharada de prueba. Mientras, la calabaza que pacientemente aguardaba desde el otoño en el pajar enseña su curada pulpa y sus anchas pepitas. Cerca, en honda fuente, el trozo que le falta espera picado finamente a que hierva el aceite en la sartén  y así frita, con ajillo, vinagre y una pizca de orégano, pasar a engrosar la rica y a la vez austera mesa. En otro recipiente se amasa harina para las tortillas, que con bacalao o sin él, según gusto o bolsillo de cada casa, se tomarán empapadas de negra y dulce miel.  Habrá que hacer también el arroz con leche, cubierto de canela, y a veces las torrijas, con pan frito canela y leche. Por la tarde todo serán cultos, y la cocina quieta. Puede que mañana Viernes Santo tampoco se guise; será día de ayuno, pero mejor que esté abastecida de alimentos la alacena.
 
Ha pasado el rato de la digestión; a lavarse que pronto tocarán a los oficios, antes del último la Iglesia estará llena, ya entran las autoridades, se acomodan debajo de la escalinata del altar en oscuras sillas de madera, comienza el celebrante la conmemoración de la Última Cena. Los más viejos siempre cuenta, cierto rito de antaño con “ apóstoles”, y como prueba, señalan una  mujercita llamada Encarnación, muy vieja. Muy  cerca, se sienta otra humilde mujer, sin ocultar sus canas ni las arrugas tras el paso de los años, apodada “la Pereta”. ¿Qué gran Club éste donde comparten tiempo y techo desde la Autoridad y gente de principales clases, hasta las personas más humildes y modestas del pueblo! De gozo exhultará su Fundador, aquél que se juntaba con Zaqueo y con cualquiera. Así, no es de extrañar la diversidad de ideologías que quienes lleven esta noche a su hombros a Jesús tengan, o que la Guerra Civil pasara casi de largo por el pueblo, sin víctimas apenas ni posteriores odios, como los mayores del lugar nos recuerdan. Al terminar la Misa, en procesión, bajo palio al Santísimo en el Monumento para su adoración dejan.
 
Acabaron los oficios, y en la calle, la luz se oscureció por una a medias baja y espesa niebla. ¿Podrá salir Jesús? Esperemos que Dios quiera. De nuevo a pasear entre los novios, o jóvenes que tener el suyo aguardan. Niño, ven pronto a cenar, que los cofrades de Jesús no esperan. La cena muy frugal. Ya se oye la música, tira fuerte de mi mano la tía Amelia. Yo he de ir detrasito de Jesús, que tengo “manda” hecha. Ya traspuso Jesús la calle abajo, ¿no te decía yo que los del niño Pilar no esperan? Solo se oye el paso de dos filas de hombres y mujeres con sus velas. Desde la esquina de Espejo se ve asomar despacio y agachado el trono de la Virgen Dolorosa, triste y bella. Vayamos a otro sitio a incorporarnos, recuerda que una manda tengo hecha. Tía yo quiero ir cerca de la música, que sus sentidas marchas me deleitan. Niño, no puede ser; iremos con Jesús, muy cerca.
 
Tras el poyo  de la calle Sevilla denominado “de Basilisa” junto a la casa de tal señora, un gran gentío se agolpa, pasar a incorporarnos no nos dejan, al fin podemos acoplarnos a la larga comitiva de las velas; silencio, y a lo lejos, torciendo la esquina de las de Juan María, a los sones de fúnebre y solemne marcha, el aire tiembla. Ya sube el Nazareno la esperilla, al paso natural y sin ensayos al que los más fuertes hombres del lugar , cubiertos de negra capa, lo llevan. Su paso no precisa imitar compás alguno; la majestad del que va sobre el trono es lo bastante. Túnica morada y en el rostro triste dulzura y la mirada generando devoción inmensa. ¿Aquél de antes de guerra era muy bello, pero este lo es más, me dice ella. Poco más allá, en el rellano, María, Carmen y José, los de Brígida, se encuentran. Siempre imaginé en esa cara a San José, y a las hermanas de Lázaro el amigo de Jesús en ellas; allí acudí a mis primeras clases de escolar con silla a cuestas. ¿Vamos a verlo otra vez por el Arroyo? No, que pronto pasará por la Carrera.
 
Ya traspaso el viejo portón de madera del curato; mis padres para abrir su casa suben la escalera, el patio está lleno de curiosos que fuera han saludado Trinidad y Carmela. En casa llega pronto la familia, Laureano, los hijos, yerno y nuera. La Luna, muy brillante sobre las tres cruces, no muy lejos del olivar que la dejó salir, por entre algodonosas nubes muy veloz, pasea; no quiere perderse la belleza del que ya por entre los olivos se divisa, destellando las bombillas de la cruz entre el ramaje. El viento aún de Marzo aunque sea Abril lucir las velas casi apenas deja. A veces pasará por camino embarrado la procesión por aquellas calles aún de tierra. Ya traspuso la puerta de “el Borde” el trono de Jesús, la empinada esperilla me recuerda a un pariente del que cuentan murió reventado a los pocos días de lastimarse sobrecargado por el trono en ella. ¿Iremos a verlo  a la plazoleta? Mejor  ir a la plaza a coger sitio que luego con tanta gente estará llena. Ya bajan las dos filas con cuidado, para no resbalarse con la cera; los pasos presto que los hombres van cansados, Jesús, la Virgen y la Magdalena.
 
Ya descansan los hombres en la plaza; los tronos apoyados en horquillas, quietos y sin muchos mecimientos, el momento del encierro aguardan. Calla la música cuando del balcón de Pepe Espejo se oye una saeta. Con viejas cámaras y gigantes flash retratan a los hombres y a los Santos ya el del Tiro Pichón, ora el Valencia. Es la hora de las últimas plegarias: Jesús que el año próximo cuantos están hoy aquí, con salud te vean; a ver esa cosecha de los campos, a ver luego los precios de la pasa, a ver esos estudios de los hijos, esto ya en  años más modernos, todas ya dirigidas a Dios en los anteriores rincones, esquinas y paradas. Aquél niño no duda todavía de la eficacia de orar ante una imagen, ni piensa que el Mundo se rige por si solo como más adelante los libros de Ciencia  intentan demostrarle, no existiendo intervención de Dios alguna, como avala a veces tanta injusticia, miseria y desastre. Hoy, adulto, de vuelta ya de muchas cosas, dudas y preguntas, se resiste a abandonar del todo una cierta actitud orante; creamos o no en el más allá la oración siempre supone una reflexión personal y una concienciación de las limitaciones humanas, aunque solo sea por aquello de “a Dios rogando y con el mazo dando”
 
¡Ay si en la Iglesia conseguimos desterrar lo superfluo en la doctrina y ceñirnos al principal mandamiento: “…y al prójimo como a ti mismo” seguro que gente de buena voluntad la apreciarían. Este mandamiento exige Caridad, asignatura pendiente para muchos, más sin escandalizarnos; ya en vida de Jesús cuentan los libros que ante la solicitud de vender y darlo todo lo dejó plantado un individuo. Además, el libro de la Naturaleza enseña que el pez grande al chico se merienda; he aquí otra asignatura pendiente, y menos en estos tiempos en la Iglesia: discurrir su pensamiento por caminos más cercanos a la Ciencia. El sabio pueblo nuestro bien conocía la dulzura de la limosna y la caridad, cuando en estos días solía verse por la calle a mujeres con botellas a medio llenar de aceite en mano, pidiendo el cuarterón, en casas de labradores; éstos, curtidos en prudencia tras los años, les daban de lo suyo, más guardaban, que ahorro y caridad no eran para ellos excluyentes.
 
Pero a la procesión no encerraremos todavía, sin decir unas palabras de María, que ya relumbra en sencillez a un lado de la plaza. Ha hecho la estación larga magistralmente conducida por experto capataz que bien cuida no dar con las varas ni el palio en los balcones. He ahí el modelo que siempre inspiró a nuestras cristianas madres y esposas.¡Cuánta desinteresada entrega, cuánto callado sufrimiento ¡ No debería estar tan reñido con los modernos prototipos de mujer, ni considerársele tan alienante para ella.¿Acaso no puede una mujer trabajadora, comprometida y formada conforme al Mundo de su tiempo, el asumir y hacer suyos los ideales de María? ¿Es tan imprescindible ese a veces desmesurado ataque desde el autodenominado sector “progresista o vanguardista” hacia todo lo que signifique  Humildad, fidelidad conyugal, autocontrol, piedad, fortaleza de espíritu, lealtad…Virtud en suma que nos enseña María, sustituyéndolo sin más por la consigna de “ a desmadrarse que son dos días”?  Quienes tanto apreciamos las Excelencias de Nuestra Madre del Cielo porque lo hemos disfrutado dulcemente con nuestra madre primero y luego con cristiana esposa, hemos de dar muchas gracias a Dios por ello y tenemos la obligación de trasmitirlo o al menos informar a nuestros hijos e hijas, siempre en actitud dialogante pero advirtiéndoles sobre tanto demagogo y charlatán que por doquier se asoma. María fue más de una vez consuelo en difíciles tiempos para este que hoy os habla, pero aún sin eso, sus virtudes la hacen merecedora de seguir recorriendo cada año nuestras calles, a hombros de esos chicos de ahora que nunca cogieron el azadón como sus padres, pero que el Deporte les habrá fortalecido cuerpo y mentes como al verlos levantarla a pulso nos demuestran.  ¿Cuán acertados estarán mañana en el Vía Crucis del amanecer los hombres de Cómpeta , cuando sus graves voces entonen, en homenaje a María, modelo de sus madres esposas e hijas aquello de “Mi madre es mi profesora….y …sálvame Virgen María…”
 
La música interpreta la “marcha ral” . Uno tras otro, con espectacular esfuerzo, agachados, dando la cara al público que abarrota la plaza, los tres pasos cruzan el umbral de entrada al templo. Ahora la familia se dirige al Monumento, pero antes a tocar hábito y manto de Jesús y de María; los niños a intentar levantar bajo el varal el trono ¿cuándo seré mozuelo y lo llevaré de veras? Al final, tras rato de oración ante el Santísimo, expuesto en blanco y perfumado altar decorado tan amorosamente por las más delicadas manos femeninas, sobre una especie de escalinata de elegante perspectiva espacial, -mamá, vámonos a casa que tengo mucho sueño. Silencio en el callejón. Estrellas.
 
 
VES VIERNES SANTO
 
A lo lejos se oye un tenue coro de roncas y fuertes voces masculinas, “perdona a tu pueblo señor…   ….no estés eternamente enojado…” De trecho en trecho silencio; el cura predica la siguiente estación. ¡Sal ya de la cama, niño1 mira cuánta gente va este año. Corrillo de mujeres, con recato, observa en las esquinas la varonil comitiva, llevando al Santo Cristo o a Jesús en procesión hasta llegar a la Iglesia en que se reza la última oración. Ha sido el Vía Crucis, que hoy Viernes Santo nadie va  a trabajar al campo.
 
                                El hombre competeño
                                aún guarda esta fiesta                                                                                                                                                                 
                                pese a lo rudo que
                                alguno les parezca
                                y aunque alguna vez
                                al arrear la mula  tras tropiezo      
                                a Dios en tono votarate se mencione,
                                cuando el cuerpo o el alma
                                por temido mal le duelan,
                                su fe profunda ha de llevarle
                                callada y mansamente
                                a encender en Cruz del Monte o la de Sarja
                                su mariposa o vela.
 
 
La Santa madre Iglesia manda ayuno y abstinencia en este día; se comerá lo sobrado de guisos anteriores, huevo frito, bacalao, tortilla de cebolletas de rebosantes olores. Mucha música sacra en la radio, tampoco era preciso las emisoras todas. Después el padre Marcos o alguno similar el sermón de las siete palabras con su énfasis particular predica. Vamos ya a los oficios, hoy no tocan las campanas, a Dios han crucificado, sea el silencio hasta mañana; primero el cura se postra al suelo bajo la grada, luego la cruz adoramos, muchas preces: de rodillas, levantaros… procesión al monumento, comunión, fin del oficio, un descanso, mucha gente se queda pa guardar sitio, sermón de Siete palabras, ¡qué rigor al predicarlas1 ¡qué cánticos de mozuelas que con armonio acompañan; las mismas del septenario, ay que me olvidé de Encarna. Al salir, la tarde cae, hoy la niebla está más alta, un breve airecillo sopla que al anochecer se calma. Ya sale la procesión, cinco pasos calle bajan, Santo Cristo, Las Angustias, El Sepulcro, la Magdalena y la Virgen Soberana. Cuánta gente va esta noche, por las mismas calles pasan, en los mismos miradores contemplan la caravana, Joseico el “pescaor” y alguien más, con horquillas muy largas, la galumba de la Cruz del Santo Cristo aguantan, y en la Cruz de las Angustias, mueve el viento tela blanca, la Virgen mira hacia el Cielo, en los brazos rota su alma. La música nuevamente, nos eriza con su magia, de lejos las voces graves, pasando, los clarinetes y flautas, cuidado en las esperillas, la cera de ayer resbala. Antes de la plazoleta muchas velas van gastadas, que la procesión del Viernes es sin duda la más larga, allí la gruesa silueta de Candidico los Cabras, Placidito Ramón Gaona, gente de nuestras entrañas, tanta en nuestros recuerdos que no podemos mentarla. La Virgen cierra el cortejo, último el alcalde va, como reloj implacable va marcando un año más, la plaza rebosa gente, barandas abarrotás, otra vez saeta se oye, de nuevo destella el flash, otra vez las peticiones, Cristo verte un año más  ¡ay! que al cambiar de varal parece que al Santo Cristo los mozos van a tirar. La Virgen entra primera, pues la tienen que arreglar. Poco sentido la escena, de muerte para un chaval, la muerte que al pobre o rico los trata a tos por igual, muerte que Jesús presenta con Fe de resucitar, tremendo misterio este que mucho cuesta aceptar, pero ni sabios ni necios logran el si o no probar. Es simplemente una apuesta, Antonio Gala dirá; el precio cuesta muy poco, el premio la Eternidad.
 
Ya se encierra el Santo Cristo, a la Iglesia vamos ya, la Virgen que no parece la de fuera antes de entrar, negro manto y ya sin palio, arriba Páez Sebastián, fuera gente ¡cuánto tarda1 en salir la Soledá. Muchas mujeres aguardan, otras dentro esperarán; al salir la Virgen fuera, largas filas formarán, Rosario de estación corta, a Maria le cantarán. Tras la comitiva un hueco, silencio solo se oirán los pasos de costaleros, los golpes del capataz, dos líneas de dura cera por las calles trazarán. Desde el balcón de mi abuela, la Virgen yo veo pasar, esquina del callejón, la belleza toda va; es el regalo que Dios le hizo al hombre mortal, dulces mujeres preciosas, que hechizan con su cantar, divino Don de los Cielos, vinieran o no de Adán, sencilla y honesta su ropa, con su gracia sin igual, muchachos en cada esquina, vuelven a verlas pasar. Seis hombres con capa llevan, la Virgen que va detrás, los hijos de Mangüelico, de Ceferino y Castán. La Virgen llora serena, soporta su Soledá, vete ya niño a la cama, de mayor ya las verás.
 
 
DOMINGO DE PASCUA
 
Las campanas rompen el inocente sueño anunciando la fiesta; en la noche del sábado se oyeron proclamando la Resurrección de Cristo. Esta mañana las acompaña en su alegría el azul del cielo sobre la Sierra y el revoloteo de las avecillas ya en plena primavera. Apresúrate niño a vestirte, que ya dieron el segundo, mientras fuera, otra vez Eusebio y su canasto , ¡montañas rusas!...
 
La Iglesia casi a tope, de nuevo la infantil algarabía, Cristo Resucitado, cuya imagen aparece erguida sobre el trono, ha vencido a la muerte, explica el Evangelio. En el lateral derecho el blanco vestido de la Magdalena reluce como nunca, así como María que hoy va de manto y palio azules. Otra vez corto sermón, que los niños tienen prisa por ir a la procesión, que saldrá tras de la Misa. Primero los monaguillos, y tras ellos, como siempre dos hileras; primero van los chiquillos, después la gente mayor y al final la Autoridad como siempre cierra filas, gran colorido en los pasos; ligeros sin baterías, chicos más jóvenes llevan el primer trono en su vida. En las manos hoy los niños portan cabo de velilla, que les sobró el jueves Santo, o el Viernes a su familia. Esas infantiles manos, no han de estarse quietecicas, al llegar al olivar, muchos saldrán de las filas, pisando la yerba verde, sin químicas ni herbicidas. Coloridos y frescores, ya es primavera crecida, cortes en la procesión, lentos la gente mayor, los chiquillos van deprisa, que en el bolsillo custodian dinero para golosinas, que esta mañana la abuela les dio en su corta visita. En la plaza mucha gente aguarda con ropa nueva que llegue la procesión, para seguir con la fiesta. La última marcha ral, los pasos que en orden entran, ya no habrá más procesión hasta Romería en la feria, o como mucho que en Mayo a la de Fátima mezan, en un ligero tronillo con celindos y azucenas.
 
Vámonos al Sanantón, a recorrernos los “Juas” colgados de algún balcón; muñecos con chascarrillo, críticos por tradición, rellenados por amigos, anoche con ilusión. Por la tarde vuelta al cine, el mismo ceremonial, otros de copas a Espejo, o a cualquier otro local, los novios van de la mano, paseando sin cesar. Cándido, te has olvidado de la Semana actual. Esa  os la describieron, con precisión magistral, Antonio Montes, Laureano, Antonio Fernández, ya, todos más conocedores que éste que va a terminar recordando estos ecos infantiles:
 
                            En las tardes posteriores
                            largas, de suave calor,
                            Laureano y Fernandillo
                            familiares del artista
                            que esculpiera el Santo Cristo,
                            por la calle San Antonio
                            tambor caja de cartón, 
                            seguidos por muchos niños
                            jugando a la procesión
                            desfilan con sus tronicos
                            de auténtica exposición.  
 
 
Despedida.-  En efecto, la brillantez de los trabajos leídos por mis predecesores, más doctos que yo en la Semana Santa competeña de los últimos años, que tienen más vivida aquí, me han obligado a sacar mucho de mis viejos recuerdos infantiles pecando tal vez de excesivo protagonismo y puede que también de cierto tufillo a sermón de aficionado.
 
Espero, sin embargo, haber aportado algo al conocimiento y autoestima de nuestras ancestrales raíces cristianas, y mi modesta contribución a mantener viva la llama , puede que ya en algunos solo rescoldo, de nuestra FE, que Dios nunca permita que se extinga.
                     
                                  Muchas gracias.
 
                 Motril, 28-3-96                 Cándido Fernández Doña
 
 
RESEÑA AUTOBIOGRAFICA
 
Nací en Octubre de 1955 en Málaga. Mis padres, Plácido Cándido y Laura siempre vivieron en Cómpeta, con oficio y raíces religiosas que muestra mi relato. Allí viví con ellos mis primeros trece años cursando estudios primarios y hasta tercero de Bachiller por libre. Recién cumplidos los catorce los continué interno en el Colegio menor Cardenal Herrera Oria de Algarrobo, como alumno oficial del Instituto Reyes Católicos de Vélez Málaga, colegio que dirigía el Ilustre sacerdote, hijo de Cómpeta, D. Victoriano Planas, a quien debo muchos progresos en lo académico, en lo espiritual, en esos bellos pero difíciles años de la adolescencia, y  la gran afición que supo inculcarnos hacia la Música. Después cursé los estudios de Química entre Málaga y Granada y desde 1979 ejerzo como profesor, actualmente en un centro de Motril, donde vivo con mi mujer y mis cinco hijos, compartiendo mi amor por esta ciudad costera granadina con el de las montañas y campos de Cómpeta.
 
 
Cómpeta, marzo de  1996
 

Octavio L.R.

Octavio López Ruiz

C/ Rampa, 2
29754 Cómpeta (Málaga)
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25/03/2003

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